Jacinto Granda, Mireya y la lealtad

Santiago de Cuba, 28 de dic. – El 22 de diciembre del 2015 recibí la noticia: Jacinto Granda acababa de morir. Dos años antes, cuando me preparaba para ir a trabajaren Prensa Latina México, unos colegas me alertaron: tenía que ser cuidadoso, el corresponsal jefe, Jacinto Granda era exigente y extremista. Algo así me dijeron. Los escuché porque parte del trabajo de quien escribe consiste en oír. Creo que lo más justo reside en valorar a los demás por el modo como nos relacionamos con ellos y no juzgarlos por el criterio ajeno.

Nos vimos en septiembre de 2013.  Nos esperaba en el aeropuerto del Distrito Federal y nos abrazó como si nos conociéramos desde siempre. Auxilió con el equipaje a Marta Andrés, una joven y excelente periodista. Nos condujo por el laberinto del aeropuerto. Subimos al coche. En la corresponsalía nos recibió Mireya con la misma efusividad que su esposo. Bastaron dos semanas para que la vida pusiera las cosas en su lugar. Quienes lo acusaban de exigente tenían razón, pero lo de extremista sobraba. La exigencia era consustancial a su estilo al cual nos adaptamos con facilidad y trabajamos con armonía.

Los días eran cortos: había mucho que hacer.  En las mañanas mientras tomábamoscafé, recibíamos las indicaciones para las tareas inmediatas. Terminadas las instrucciones cada quien se iba a lo suyo. Casi siempre laboramos fuera de la oficina.Cuando regresábamos a la hora que fuera, intercambiábamos. Jacinto revisaba cada texto: proponía, no imponía. Cuando había eventos muy significativos, íbamos todos juntos: el jefe gustaba del trabajo en equipo ese que muchos alaban y pocos practican.

Era parco, amable y certero. Tenía una forma de ordenar que se confundía con el cariño. Era excepcionalmente meticuloso, reparaba en los detalles más simples, pero – como buen periodista- era breve. Revisaba conmigo el periódico, texto por texto. No solo por una cuestión profesional, ni por hábito, sino porque estaba consciente de nuestra responsabilidad con la calidad: Orbe se publica como un tabloide quincenal de La Jornada, un medio querido y prestigioso.  Su política era cero defectos.

Mireya, la administradora era solicita, amable y humilde. No se quién influyó en el otro pero compartían los mismos valores. El día posterior a la llegada nos llevó al supermercado, el templo del capitalismo diría Ramonet. No había estudiado en ninguna universidad, ni leído libro alguno de publicidad, pero era eficiente. Había una gran variedad de productos para un mismo fin. Ignoramos las invitaciones de los comerciales: compramos por la sugerencias de Mireya, en lo adelante procedíamos del mismo modo. Si los tanques pensantes y los promotores de costosas e ineficientes campañas publicitarias, se enteraran, en vez de gastar tanto dinero inútilmente, contratarían a Mireya o se morirían de envidia.

En una crónica publicada en esta misma página, en diciembre de 2018, quise homenajear a Jacinto. Permítanme resumir algunos fragmentos: “Me contaba sobre lasveces que conversó con Fidel Castro, el Líder de la Revolución Cubana y con el General de Ejército Raúl Castro. Fue durante varios años director de los dos periódicos principales de Cuba: Granma y Juventud Rebelde y tuvo oportunidades de conversar con ellos. Hablaba de ambos con especial admiración. Me contaba de sus visitas a Santiago de Cuba, en una de las cuales conoció a Mireya y se casaron. Yo hacía mí trabajo: oírlo.

Cuando llegó el momento del retorno de su retorno. Visitamos a varios clientes y amigos. Tenía una concepción muy sencilla de la amistad. Sus amigos eran quienes querían bien a su país: poreso tenía tantos, algunos estuvieron en la cena de despedida. En un momento me atreví a sugerirle que pensara en el retiro; frisaba los 70 años, era Premio Nacional de Periodismo José Martí, había trabajado lo suficiente. No me respondió”.

Después supe que estaba frente de la edición delOrbe que se produce en Cuba. Cuando retorné al terminar la misión fui a su oficina. Lo encontré frente la computadora y comprendí por qué seguía trabajando: no podía dejar de escribir. Escribir era su modo de ser… En estos días en los que solemos repasar  al año viejo y nos aprestamos a recibir el nuevo, a los cuatro años de su muerte, siento la nostalgia de lo perdido y ese recuerdo no es inofensivo: fortalece el compromiso que Jacinto y  Mireya nos legaron.

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