La falta de memoria y el olvido

Santiago de cuba, 27 de jul.- El olvido tiende a equipararse con la ausencia de memoria. Pero, tal apreciación no siempre concuerda con la realidad: el olvido suele tener su propia memoria. Están los momentos buenos, los malos y los inclasificables, los más polémicos. Nos asiste el derecho a recordarlos todos, los propios y los ajenos,  aunque nuestras apreciaciones difieran  al evaluarlos.

Los más viejos, los que en Playa Girón (1961) les propinaron  a los yanquis su primera gran derrota militar en América Latina; los que participaron en la lucha contra bandidos en el Escambray, difícilmente olviden tales hazañas. Los que acudimos al llamado  para formarnos como profesores y la Universidad nos recibió con una zafra, la de 70, de modo que nuestra primera asignatura fue cortar caña,difícilmente olvidemos, quizás porque hicimos lo que el país en su momento demandaba.

Tengo la impresión de que no siempre los más jóvenes analizan el papel que le corresponde  a la nueva generación, la encargada de perpetuar y mejorar  lo que somos; y para conseguirlo es preciso  recordar lo que otros hicieron por nosotros, con tanta vehemencia que algunos murieron en el intento. Queda claro que los más nuevos tienen otra historia cotidiana: no vivieron la benevolencia económica de los años ochenta, pero sufrieron los embates del periodo especial, de sus momentos más crudos en los noventa, durante el llamado periodo especial. Esa es su realidad.

Hay muchos tipos de olvidos, quizás uno de los más graves sea la falta de memoria histórica, especialmente cuando su práctica es deliberada: la historia no perdona ni aun a quienes la ignoran. Una variante perniciosa consiste  en olvidar lo inconveniente. En esta postura se incluyen a losque ascendieron socialmente – este país es generoso- y ahora se olvidan de recordar sus orígenes y hasta se avergüenzan de sus raíces; prefieren las ramas que son másvisibles, sin reparar en que las ramas tienden a ser quebradizas.

Están los quejosos. La queja es antigua y universal, podría afirmarse, ahora que tanto se les menciona, que la queja es un derecho humano, como también lo es la participación. Pero, todo derecho hasta el más humilde debe ser afrontado con un nivel mínimo de decoro, con una cuota mínima de responsabilidad social.

En Santiago de Cuba hay cosas que no funcionan o que no funcionan como quiere la mayoría, las hay. Unas son situaciones puntuales que atacan desde todos los flancos; en este grupo están las que asumimos como más simples porque son  cotidianas, como el pan que llega con impuntualidad o el vendedor que casi nunca tiene vuelto,  y  las más complejas como la burocracia, la corrupción o la ineficiencia empresarial. Aunque deberíamos enfrentarlas a todas con energía,  las segundas tienen prioridad porque amenazan el futuro.

Y hay cada personaje. Están las personas que aunque nacieron con orejas son renuentes a oír; están los que nacieron con boca  y la utilizan para decir insensateces y, a veces, con la mejor de las intenciones gustan de informar sobre lo que no saben y consiguen lo contrario de lo que pretenden pues logran desinformar.

Y, quizás sea mucho pedir,  pero hay personas que no deberían nacer con las manos que les permiten escribir ciertas cosas, aunque es probable que aun en estas circunstancias extremas, de todos modos las escriban.

Finalmente debo mencionar a quienes viajan al extranjero y regresan obnubilados y  se adueñan de una narrativa comparativa que frecuentemente carece de lógica: son los que practican el culto por lo ajeno, unos porque les conviene, otros porque son fans de las simplificación que nace del desconocimiento. En esta página le dedicamos un trabajo anterior.

¿Alguien les impide diferir con nuestra humilde opinión? No proponemos verdades absolutas, sino criterios con la sana intención de intercambiar con respeto, de dialogar. Así de simple, y aquí estamos.

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