La familia en la formación de valores de los discapacitados intelectuales

Santiago de Cuba, 22 de ago. – El proceso de educación de la personalidad es ilimitado; a lo largo de toda la vida el hombre, se educa y se desarrolla. Es erróneo pensar que el niño y el joven sólo se educan durante el período de su vida escolar.

El proceso de educación en  los discapacitados no puede hipertrofiarse en ninguna de sus múltiples direcciones; él encierra tendencias aparentemente opuestas que de manera armónica se deben integrar en una unidad valorativa y de acción en la personalidad del niño.

Este proceso de educación de la personalidad del discapacitado intelectual encierra todos los resortes de la sociedad y las organizaciones e instituciones, comenzando por la familia y continuando  a través de las esferas que implican al hombre en una relación necesaria con nuestra sociedad.

De este modo, la formación de las cualidades de la personalidad del niño con discapacidad intelectual depende del papel que desempeñe desde edades tempranas la familia y el colectivo pedagógico dentro del cual este se desarrolla.

Una autovaloración estable se forma bajo el efecto de la valoración hecha por las personas que rodea al niño, así como, la actividad propia del niño y la apreciación que él hace de los resultados de la misma.

En el discapacitado intelectual  la valoración que tiene de sí mismo  se ve sometida constantemente a efectos bruscos y contrastantes. El descubrimiento de la discapacidad por parte de la familia origina determinadas actitudes, sienten lástimas por él, y pueden entusiasmarse con el menor de sus  éxitos o algún adelanto que se produzca en su desarrollo.

El propio niño también puede inclinarse a valorarse altamente; surgiendo pretensiones exageradas de comparar la atención de todo el que le rodea, de considerar que lo merece todo. Cuando este niño ingresa a la escuela, se relaciona con sus coetáneos, en la cuadra o comunidad y sobre su autovaloración  es asestado un golpe contundente.

El cuadro se hace más fuerte cuando este niño por determinadas causas permanece por un tiempo extenso en la escuela de enseñanza  general, los reveses prolongados y múltiples hacen surgir y afianzarse en las cualidades negativas de su personalidad.

Frecuentemente este daño,  es un verdadero choque para el niño que se ve agravado por diferentes complicaciones que ocurren en el seno de la familia. Por ejemplo; cuando los padres no pueden dominar su irritación y amargura que sienten a causa del hijo “desafortunado”, y la madre, tratando de compensar este mal humor, alaba en forma exagerada a su hijo.

En otras familias sirve de fuente de humillaciones el niño menor psíquicamente válido, quien se muestra más inteligente con mayor desarrollo físico que su hermano discapacitado intelectual, y no comprendiendo  lo delicado que resulta la situación, constantemente hace alarde  de su superioridad.

A partir de las características expuestas sobre los niños discapacitados intelectuales puede valorarse la importancia que juegan los padres en la  formación y desarrollo de sus potencialidades, que estas sólo se logran cuando existe una adecuada educación familiar.

La forma en que los padres estructuren el entorno educativo familiar y desarrollen las interacciones con sus hijos, y las diferencias en estos aspectos, se traducen en perfiles de competencias y desarrollo  en los niños. Dicho de otra manera, porque los niños van a ser capaces de aprender más y mejor si crecen en un ambiente sano, estimulante, motivador y afectivo, en el que se favorezca su seguridad básica y su independencia.

En consecuencia, el tipo de relación que el niño establezca con su familia va a contribuir de manera importante a que obtenga más o menos éxito en el proceso de  desarrollo de su personalidad y aprendizaje, de ahí la importancia de la colaboración estrecha que la escuela, frente a la tarea de educar a un niño, debe establecer  con la familia; ello supone incorporar a la escuela información significativa del contexto familiar, hacer extensivo a los padres sus propósitos educativos siempre que sea posible; es decir, hacer partícipe a los padres de la elaboración y puesta en práctica de las estrategias educativas.

Todo lo que el niño puede llegar a aprender estará en función del entorno educativo familiar del que forme parte, y eso a su vez, está relacionado con las ideas que los padres tienen sobre la educación y desarrollo de sus hijos.

El niño comienza a desarrollar sus valores a través de lo que su familia le muestra como objetivos, creencias y acciones aceptables y deseables, y a partir de ella construye su comportamiento. Posteriormente la relación entre los valores del niño y sus propias acciones comienzan a ser más complejas.

Es un principio comúnmente aceptado que los padres deben proveer la alimentación y el cuidado físico de sus hijos, además debe comprenderse que una vida familiar, satisfactoria, cordial y cariñosa  es indispensable para la salud física y mental y al desarrollo personal del niño.

En el hogar estos adquirirán las experiencias que determinan con sus sentimientos de seguridad personal, de ser aceptados y queridos, o lo opuesto, que engendra sentimientos de inseguridad y de rechazo.

A mayor conocimiento que tengan los padres sobre las discapacidades intelectuales, sus características, problemáticas y las posibilidades educativas, mayor será el acercamiento y el grado de comprensión de la situación de sus hijos, por otro, la influencia familiar en el crecimiento cognitivo del niño es igual de importante, en el discapacitado intelectual, que en el niño normal.

En las familias de los niños discapacitados intelectuales se encuentran múltiples complejidades y barreras que no favorecen el desarrollo integral de la personalidad del este, tal es el caso de la carencia de una comunicación, rechazo o sobreprotección, maltratos, inexistencia de normas o régimen educativo, rigidez o falta total de autoridad, desinterés por la situación escolar, malos ejemplos educativos y otros.

Las condiciones socioeconómicas y culturales mucho influyen en tales situaciones,  pero además, la falta de preocupación por la familia para enfrentar la complejidad que representa la educación de los niños con tales peculiaridades, va creando un panorama cada vez más difícil.

La forma en que los padres estructuren el entorno educativo familiar y desarrollen las interacciones con sus hijos e hijas, y las diferencias en estos aspectos, se traducen en perfiles de competencias y desarrollo distintos en los niños. Dicho de otra manera, porque los niños van a ser capaces de aprender más y mejor si crecen en un ambiente sano, estimulante, motivador y afectivo, en el que se favorezca su seguridad básica y su independencia.

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