La historia poco conocida del mártir Indalecio Montejo Gómez

Santiago de Cuba, 12 de mar.-Hay mártires de la Patria poco conocidos por lo que la historia inmensa o efímera que escribieron en pos de la libertad de Cuba no es del  dominio de sus compatriotas; uno de esos casos es Indalecio Montejo Gómez, camagüeyano de nacimiento, pero que dio la vida en tierras santiagueras durante la lucha insurreccional.

  Las nuevas generaciones deben saber de la  valentía del intrépido combatiente que se alistó en la Marina de Guerra de la tiranía de Fulgencio Batista con ideas revolucionarias, tan es así que siendo marinero se comprometió con el Movimiento 26 de Julio (M-26-7)  y participó en el levantamiento de Cienfuegos.

  Al no fructificar la conspiración fue apresado y torturado cruelmente, situación que le llevó  años para reponerse y le quedó como secuela la limitación física de una  pierna, pero nada apagó su ímpetu ni tronchó su ideal de soberanía de su oprimida nación.

  Luego de estos hechos lo trasladaron a Santiago de Cuba y encarcelaron en el Vivac, de donde el M-26-7 se propuso tratar de liberarlo, pues aún estaba convaleciente.  Se logró que la tiranía cediera y lo ingresaron entonces en la clínica Sagrado Corazón.

  Los integrantes del Movimiento se movilizaron,  dieron a conocer la presencia de Indalecio y organizaron visitas muy discretas al centro de salud para que no sospecharan que se trataba de un revolucionario, mastuvieron la suerte de que allí había gente que lo apoyaron y protegieron hasta sacarlo e integrarlo a las faenas candestinas.

Pormenores de esta historia se saben hoy gracias al interés por sacarlos a la luz de su compañero de armas, el combatiente César Garrido Pérez, quien en los avatares de la lucha sintió la pérdida de jóvenes valiosos y algunos no han recibido los honores que merecen como Indalecio Montejo Gómez, considera.

El Apóstol de la independencia de Cuba, José Martí,  dijo que todo el que sirvió es sagrado, y para ser consecuente con tan sabia afirmación, es menester  conocer y reverenciar a quien  ganó el grado de primer teniente rebelde, hombre valiente, que fue apresado, torturado y nunca pudieron sacarle una palabra que comprometiera los objetivos de la insurrección.

Garrido Pérez recuerda que en  todas las acciones en que participó siempre ocupó la vanguardia, pero desgraciadamente este camagüeyano devenido santiaguero murió el 14 de septiembre de 1958 en un fatal accidente en la Gran Piedra, cuando aún podía darle tanta guerra al enemigo dada su audacia.

 Por su labor en la lucha clandestina en la ciudad fue uno de los conspiradores  “quemados” que hubo que enviar primero para la montaña por la zona de Siboney  y de la cordillera de la Gran Piedra, donde había simpatizantes, gente comprometida y él tiene su primer enfrentamiento contra los guardias de la tiranía en La Punta.

  Agrega que era miembro de la columna 10 René Ramos Latour que pertenecía al II Frente Oriental,  por lo que hoy sus restos descansan en el Mausoleo erigido allí para honrar a los mártires de ese  núcleo guerrillero y donde el pueblo les rinde honores.

  Martha, la única hermana de Indalecio, quien había nacido el 22 de febrero de 1936, cuenta que los cuatro varones de la familia se alzaron durante la guerra de liberación nacional;  Guillermo e Israel lo hicieron en Camagüey, mientras Gustavo tuvo el honor de integrarse a la columna invasora liderada por el Comandante Camilo Cienfuegos.

   Con 80 años y jubilada del sector del Comercio en Ciego de Ávila, donde vive actualmente, refiere que procedían de una familia unida, humilde y muy revolucionaria  forjada sobre la base de la educación y el respeto, valores que  inculcaron a los hijos e Indalecio reflejó siempre muy bien.

  Hoy siente el orgullo,expresa, de que los Montejo-Gómez siguen defendiendo la misma causa  por la cual él luchó y entregó la vidacuando estaba en la flor de su juventud, como hicieron tantos buenos cubanos de esa época;  además le reconforta a saber que la Revolución no olvida  a quienes dieron su sangre por la libertad.  

Por: Aída  Quintero Dip.

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