La influencia familiar en la orientación sexual de los adolescentes

Santiago de Cuba, 5 de oct. – Cuando la familia habla de la sexualidad de su hijo hija con discapacidad intelectual las interrogantes son múltiples. El origen de las mismas es la creencia popular, que aún se mantiene, de que el hecho de portar una discapacidad intelectual los hace merecedores de una sexualidad insana y anormal. Predominan concepciones que están permeadas por actitudes restrictivas en relación a ese doble tabú, justificada socialmente de diversos modos.

Los caracteres anatomofisiológicos, que dan soporte a la sexualidad están presentes y se desarrollan en los individuos con discapacidad en la misma forma que ocurre en la mayor parte de los seres humanos. Lo mismo puede decirse de los aspectos psicológicos. En algunas ocasiones pueden aparecer elementos diferenciadores en los modos, los tiempos o la cualidad del desarrollo sexual en relación con el desarrollo mental y las situaciones contextuales en que éste se desenvuelve.

Por tanto, comprensión de que la sexualidad es parte indivisible del ser humano, que existe y se desarrolla también en las personas que por estar afectadas por algún trastorno biológico, neurológico, mental o afectivo se consideran diferentes.

Estudios sobre el desarrollo psicosexual de los niños y adolescentes con discapacidad intelectual ha puesto en evidencia que la formación de sus personalidades transita por las mismas etapas que otros coetáneos y obedece a las mismas regularidades generales, aunque falten estímulos y vivencias que pueden lentificar la formación de determinadas cualidades…

Es necesario entender que la sexualidad de las personas con  discapacidad intelectual no puede ser negada o ignorada, debe ser comprendida como una poderosa fuerza movilizadora del proceso de su educación y rehabilitación desde edades tempranas.

La afirmación de su vida sexual resulta muy valiosa para el desarrollo pleno de sus personalidades. Conquistar sus derechos a expresar su sexualidad en nuestro medio social, y lograr sus aspiraciones de pareja y reproductivas, constituye algo decisivo en su integración social…

Sin embargo, hoy día, el tratamiento que la familia ofrece a la sexualidad de sus hijos/as con discapacidad intelectual  obedece a ciertos mitos o prejuicios socialmente establecidos que laceran la personalidad tanto de los individuos portadores de la discapacidad como de sus familias.

Los fundamentos de estos criterios están en el hecho de que los adolescentes  realizan sus juegos sexuales sin ocultarse, se masturban sin discreción. Sin embargo, las actuaciones propias de estos adolescentes son observadas como hechos que atentan contra las buenas costumbres.

Estas observaciones dan paso al análisis de que el adolescente con discapacidad intelectual, en sentido general, desarrolla su vida en un ambiente de dependencia, donde se le supervisa constantemente su desarrollo sexual, dado por los mitos sociales contextuales, las culpas y los problemas familiares, todo lo cual trae aparejado un castigo constante, acompañado de ocultismo y desestimulación al comportamiento sexual típico de un adolescente, por tanto, el mismo desarrolla una conducta de curiosidad como es lógica a su edad y lo que recibe a cambio es la represión familiar que le carga toda la culpabilidad al sexo.

Como consecuencia de ello, se advierte una demora en el conocimiento de su propio cuerpo, no se educa en la privacidad para autoexplorarse y autoestimularse, por lo que rechazan partes de su cuerpo y lentifica el proceso del conocimiento de cuáles son las conductas a seguir en cuanto al desarrollo de su sexualidad.

La familia y en particular los padres observan la conducta del adolescente con prejuicios, marcados esencialmente por el desconocimiento, esto profundiza su sentido de culpa y limita las acciones educativas sobre su hijo/a. Sin embargo, el portador de la discapacidad  intelectual más que un irresponsable o un ofensor de las buenas costumbres sociales en relación con la sexualidad es un desconocedor ingenuo de este tema.

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