La justificación como mecanismo de defensa

Santiago de Cuba, 31 de ago. – La justificación es una especie de crítica al revés. La aceptamos solo cuando es objetiva y forma parte de una explicación razonable. Pero, en la mayoría de los casos la justificación se utiliza como un mecanismo de defensa para rehuir responsabilidades o trasladarlas a otros.

La justificación así entendida conduce a la parálisis. Hay personas que creen ser los únicos que piensan y utilizan una variante que denominamos autocrítica preventiva, que consiste en adelantarse a la crítica, autocriticarse y prometer trabajar para resolver el problema. Así somos de imaginativos.

En un artículo publicado en esta misma página titulado: La obsolencia programada, referíamos un hecho contradictorio: Santiago de Cuba es reconocida por sus logros relacionados con la estética de la ciudad que la convierten en referente nacional; sin embargo, la venta de productos artesanalesafea la urbe. Resulta que se ha entronizado una cultura del mal gusto que contradice la cultura del detalle.

Basta con andar por las calles, asomarse a mercados, ferias y puntos de ventas. En estos espacios ofertan  textiles que deben haber sido diseñados por el enemigo en una de sus crisis, zapatos  automáticos cuyas suelas se  caen solas, cepillos enormes que no hay manera de saber para qué sirven, si es que sirven para algo. Y los precios irracionales, porque si  nos atenemos al valor de uso, objetos como los mentados  no tendrían precio pues no sirven para nada. Y la explicación. Pruebe a preguntar por la calidad o los precios. Prepárese: recibirá como respuesta una justificación.

La justificación se convierte en vicio. Solo un ejemplo, El 30 de julio pasado le realizaron una entrevista a Rey Vicente Anglada, director del equipo Cuba de beisbol que participó en los Juegos Panamericanos de Lima 2019 donde era favorito para la medalla de oro y resultó eliminado. Anglada, manager reconocido por sus resultados, asumió la responsabilidad por la actuación desastrosa  del conjunto que perdió sus dos primeros encuentros, primero contra Colombia, luego contra Canadá.

El derrotado no es cualquier equipo, sino uno que entrenó lo suficiente, fue a la altura, compitió en la liga canadiense, sostuvo encuentros con una selección universitaria de EE.UU, jugó varios partidos de preparación contra Nicaragua y fue reforzado con peloteros que se desempeñan en ligas foráneas donde tienen números sobresalientes. Mejor equipo no se podía armar.

Anglada se puso delante de la crítica. Dijo que asumía la responsabilidad por la derrota, como manager. Claro, no tenía otra opción. Cuando el periodista le preguntó: ¿Por qué en la quinta entrada no sustituyó  al lanzador cubano Yovany Yera,  cuando estaban las bases llenas sin outs y venía a batear el cuarto bate canadiense quien  le había conectado de 2-2, jonrón y doble?

La dirección, afirmó Anglada, pensó en traer  a Liván Moinelo, relevista destacado en la liga japonesa. Pero cuando llamaron al bullpen, Moinelo no estaba listo, no había calentado lo suficiente. Si es así,  Anglada tiene razón: él es el responsable de la debacle. Y uno se pregunta: ¿Dónde estaban los integrantes del colectivo técnico que no mandaron a calentar a Moinelo desde el inicio de la entrada sabiendo que a Yera le habían bateado? ¿Ninguno se dio cuenta de lo obvio? ¿Qué juego estaban viendo?

Hasta los comentaristas  de la televisión cubana predijeron el desastre y como son tan mesurados cuando este se produjo olvidaron profundizar en el asunto y hablar de lasresponsabilidades. Resultado de una mala decisión: a Yera le anotaron 7 carreras, el equipo no pudo remontar la desventaja y se consumó una derrota vergonzosa para   el beisbol cubano. Así pensamos  los adoloridos, y somos muchos.

La respuesta de Anglada y su aceptación por el periodista constituye una expresión de una tendencia afianzada en parte de los funcionarios públicos: la propensión a justificar lo injustificable; forma velada de solapar la ineptitud, el mal trabajo o disfrazar el error en vez de reconocerlo. Duele decirlo, pero es la verdad. De casos como el referido deberíamos extraer una lección: si el afán justificativo es humano; más humano sería que cada quien hiciera bien lo que tiene que hacer  y actuara  de modo  proactivo, si lo logramos dejaríamos sin armas a la justificación.

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