La tierra santiaguera, épica, real y maravillosa

Ayuntamiento de Santiago de Cuba, situado en el Casco Histórico de la ciudad fundada por Diego Velásquez en 1515. 24 DE DICIEMBRE DE 2018/Miguel RUBIERA JUSTIZ

Santiago de Cuba, 18 de ene.- Siempre hay motivos para resaltar el misterio de lo real maravilloso santiaguero, para  acentuar  las características  y  atributos que definen al oriundo de esta tierra, donde  todo se conjuga para amarla e identificarla como la geografía, el clima, la cultura, sus temblores  y la historia rica, trascendente en el devenir de la nación.

  Cuba y su pueblo acaban de festejar los 60 años de la Revolución triunfante y Santiago de Cuba ha sido noticia para los compatriotas y para el mundo,  por ser referente de la epopeya, el espacio vital donde el Comandante rebelde  Fidel Castro y su valeroso Ejército de barbudos proclamaron la libertad el primero de enero de 1959.

  Tal vez bastaría ese acontecimiento  para reverenciarla siempre, pero no hay un momento en la vida del país en que ella y sus hijos no estén presentes,  y muy notoria en hitos como su asalto al cuartel Moncada, el 26 de julio de 1953, su levantamiento armado del 30 de noviembre de 1956, y la audacia de su lucha clandestina con Frank País a la cabeza, entre otros episodios.

  Otras aristas de la historia local tal vez influyeron en la  personalidad del santiaguero: La legendaria imagen de este como valiente luchador, que muchos suponen en las hazañas de la División Cuba, las glorias de la familia Maceo-Grajales o la célebre invasión a occidente.

  Ese sentimiento alcanzaría su expresión política con las guerras contra el colonialismo español, de las cuales Santiago de Cuba fue escenario vital y su gente actores protagónicos.

  La leyenda de la tierra rebelde y heroica continuó alimentándose en la época contemporánea, al ser la ciudad y sus montañas bastiones de la lucha armada y de la libertad.

  El hecho de que Santiago de Cuba, con más de 500 años de fundada como villa, se formara entre el mar y las montañas  también la dotan de una extraña combinación y a la vez de un encanto muy especial, influyendo en la idiosincrasia de sus pobladores, valientes, laboriosos, afables, hospitalarios.

  Un abrasador calor en el verano sobre sus habitantes también tiene su cuota en esa definición, con una temperatura promedio de 35-36 grados centígrados a la sombra que decide en las acciones de la vida, mientras  el carácter sísmico de la región quizás ponga cierto tono de inseguridad en personas que han sentido los quejidos que brotan de la Fosa de Batler, y no se acostumbran a ver temblar sus viviendas.

  Su Carnaval, fiesta emblemática con fama nacional,  en sus orígenes del siglo XVII y todo el siglo XVIII predomina la música española, luego la guitarra es sustituida por el tambor africano a finales del XVIII y primera mitad  del XIX hasta hoy, pues toda la percusión aún es africana, el ritmo, la conga son elementos que definen su cultura.

   El  “ajiaco santiaguero” siguió las pautas generales que el etnólogo, antropólogo, jurista y periodista Fernando Ortiz  Fernández observó para toda la cultura cubana, pero aquí incluyó algunos ingredientes específicos que lo distinguen, mientras otros estuvieron en proporciones diferentes en relación con estos mismos procesos en el centro y occidente de la Isla.

   Las culturas indígenas asentadas en esta región de Cuba durante miles de años antes del arribo de Diego Velázquez, dejaron su impronta en la toponimia, la dieta, la música y las creencias religiosas locales.

   Se considera que el peso de la cultura indígena es más alto en esta tierra y en todo el oriente que lo que puede apreciarse en el occidente, confirmado con más de 130 sitios arqueológicos y muestras de asentamientos hasta en el reparto Sueño y en el Caso Histórico  de la urbe.

  El  “ajiaco santiaguero” absorbió el legado extraordinariamente rico de las culturas ibéricas;  el núcleo hispano fundacional sentó las bases de una ciudad española, pero una ciudad abierta al mestizaje, y con una clara voluntad de no africanizarse ni afrancesarse.  Tal naturaleza hispana solo cedió ante el empuje de lo criollo.

  Cuando la urbe recibió en las primeras décadas del siglo XX una gran oleada de inmigrantes hispanos, los acogió con hospitalidad; los bodegueros animaron el comercio, la industria y el transporte; mientras, los vendedores ambulantes gallegos, con sus pregones cargados de zetas, ponían una nota pintoresca en las calles.

  África también hizo un aporte definitivo, desde Juan Cortés, el negro esclavo de Hernán Cortés, hasta los que introdujeron los dueños de hatos, corrales y trapiches; los concesionarios de la mina de cobre de Santiago del Prado y los dueños de plantaciones de café y azúcar.

  Este diálogo de casi 358 años, explica la existencia de una significativa población negra y mulata,  así como también el aliento africano de su folclor, el carnaval y las religiones populares.

Del Congo llegó un poco de la alegría de vivir del  santiaguero, de lo proclive que es a hacer de la existencia una fiesta, herencia que también marca el río de misterio y magia que desde hace siglos circula por las arterias de los barrios del Santiago de Cuba profundo.

  Con el tiempo otros ingredientes fueron enriqueciendo el caldo cultural local como los franceses, que impactaron fuertemente en esta zona de Cuba.

Ellos modernizaron la ciudad  e inundaron la región de esclavos africanos para trabajar en los cafetales; penetraron  en el momento en que estaba en proceso de cristalización la identidad, lo cual hace probable que exista alguna nota francesa en la sinfonía santiaguera.

  Su presencia es prácticamente única; ocuparon barrios como Tivolí y desplegaron un papel decisivo en la cultura hasta en la manera de vestir, introdujeron el teatro y nuevas formas de recreación con el café concert, influyeron en los modales, en la educación, en la alimentación.

Por: Aída Quintero Dip.

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