La virtud de ser campesino

En nuestra generación, la que estudió en la Universidad de Oriente en los años setenta y ochenta, no había prejuicios contra los campesinos, nunca los hubo. Tal vez se debía a la participación, ese proceso que te permite asimilar con facilidad al otro, en nuestro caso, los que trabajaban.

Nos recibieron con una zafra, la del 70, la Zafra de los Diez Millones. La mayoría de nosotros no habíamos cortado ni una sola caña, pero fuimos para los cañaverales con naturalidad, y cumplimos. Durante toda la carrera fue habitual compartir con los campesinos en diferentes labores agrícolas: realizábamos trabajos voluntarios sistemáticamente. Además, en el Instituto Pedagógico “Frank País”, a la hora de valorar a los estudiantes había consenso: los que procedían del campo eran los más disciplinados, los más hacendosos, los mejores.

También influyó la historia. Sabíamos que los campesinos constituyeron el sector de la población más esquilmado antes del 59. Los profesores de Historia de Cuba nos hablaban del Che quien consideraba a los campesinos como la base social de la guerrilla, como los triunfadores de la Revolución y los protagonistas de la Reforma Agraria. Sabíamos que el primero en aplicar esta Ley desde la Sierra Maestra fue el Comandante en Jefe Fidel Castro, que dicha ley estableció las bases de la justicia social en las montañas. Lo conocíamos no solo por los libros y las clases sino por los testimonios de nuestros compañeros que procedían del campo.

A medidos de los ochenta la decana de la Facultad de Humanidades, donde yo daba clases, concibió un proyecto para contribuir a desarrollar la cultura en las montañas. Tuve la oportunidad de participar en su ejecución. Cada año seleccionábamos 20 estudiantes y un profesor y nos íbamos a los lugares más intrincados de la Sierra Maestra a sembrar cultura. Fue una experiencia excepcional para todos. Aprendimos a convivir con los montañeses, a apoyar a las comunidades serranas, sus escuelas, sus consultorios médicos. Los estudiantes, conocidos por su criticismo, subían y bajaban lomas, organizan las actividades culturales y en los ratos libres participan en tareas agrícolas. Los campesinos nos trataban como familia y con su raigal humildad, agradecían. Crecimos todos hasta que comenzó el periodo especial y hubo que clausurar el proyecto.

Guardo en el pecho la gratitud de los guajiros, quizás por eso cuando un estudiante de maestría, quien había dirigido el municipio serrano de Guamá, propuso como tema de su tesis una intervención comunitaria en un poblado, no dudé en sumarme para asesorarlo. En un año el hombre viró a La Zarza al revés y la puso en su lugar, casi nueva. Los hacedores fueron los propios beneficiarios según la concepción del Plan Turquino, el programa para el desarrollo integral de las montañas, la cual consiste en lograr que los propios campesinos resuelvan sus problemas con el apoyo de las autoridades del territorio. Esta estrategia es clave: mejora la calidad de vida de los pobladores, conserva el medio ambiente, fortalece las tradiciones del campesinado, su autoestima y al mismo tiempo garantiza que las montañas se mantengan como bastión para la defensa del país.

Antes del rebrote de la pandemia que nos obligó a pasar a la enseñanza no presencial, platicaba con frecuencia con mis alumnos de Comunicaciòn Social. Ellos no vivieron hechos como los referidos.Intercambiábamos con frecuenciay sentía que le interesaba el tema. No dejo de comprender sus críticas relacionadas con problemas que afectan la producción de los campesinos individuales o nucleados en cooperativas. Con las lógicas diferencias asumía sus cuestionamientos salvo cuando algunos se quejaban de la migración hacia las ciudades, asunto discutible; pero coincidíamos cuando hablaban de jóvenes, sobre todo en las ciudades, que se acostumbraron a vivir de la nada, del paternalismo estatal o para decirlo en santiaguero, del invento.

Ahora estamos en un buen momento para responder sus inquietudes, tal vez este razonamiento parezca un despropósito, dada la situación en que vivimos con la pandemia, el bloqueo y otros entuertos. Pero creo que sí, que estamos ante una oportunidad para solucionar dificultades acumuladas. El desarrollo de la nueva estrategia económico social apunta en esa dirección, los cambios, entre ellos la tarea ordenamiento, son parte de un proceso de transformaciones necesarias. Las crisis bien asumidas suelen generar posibilidades de crecimiento, así vemos el asunto. En el escenario actual todos deberíamos aportar desde el frente que sea y los campesinos saben que tienen una tareaestratégica y que poseen la capacidad para cumplirla. Es lo más reconfortante para quienes los admiramos desde lo hondo.

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