Las madres son del sacrificio su corona natural

Santiago de Cuba, 11 de may. – Sacrificadas pudiera ser el mejor calificativo para dignificarese desvelo espontáneo y natural de las madres por el cuidado que profesan a sus hijos e hijas desde que nacen hasta que se convierten en hombres y mujeres.

Esa virtud es esencial en la vida de quienes han tenido el privilegio de la maternidad; caracterizó a las de la manigua cuando el mambí se batía en los campos de Cuba en busca de la independencia y también a las de los luchadores clandestinos que lloraron la muerte de sus hijos en el silencio de la madrugada, y así en cada época y en cada circunstancia hasta hoy.

No menos meritorio es también el que se pone de manifiestoen las recién paridas insomnes ante el llanto o el sueño de los bebés, cuandopasan noches en vela en los hospitales cuidándolos, aunque sean adultos, o los esperan con la comida calientica de regreso del trabajo, de la escuela, o de un viaje.

Pero estos seres amorosos, que sufren ante cada contratiempo de sus descendientes  y son felices si cosechan éxitos, se distinguen por otras cualidades que saben conjugar muy bien, al ser pacientes y exigentes, bondadosas y rectas con un sexto sentido para descifrar qué tienen, qué sienten, qué les atormenta.

 Para evocar el sacrificio de las madres no hay mejor ejemplo que Mariana Grajales, quien vio la luz en Santiago de Cuba y creció con una educación ética en el seno de la familia, que transmitió a su prole, y también se elevó en estoicismo, cuando con amor de madre y orgullo de patriota entregó sus hijos a la causa redentora.

Todo bondad y ternura con sus hijos, pero severa en la disciplina, se las ingenió para fraguar una familia sustentada en sólidos valores, unida ante el dolor y la felicidad.  Rebosante de alegría les hizo jurar de rodillas libertar a la Patria o morir por ella, aunque era innegable que su corazón de madre palpitase ante la posibilidad de la muerte, por heroica que fuera, de algunos de sus descendientes.

Ni  un minuto de flaqueza, viviendo en cuevas y otros parajes similares a los de  los cimarrones,  cruzando ríos, subiendo montañas, bajo la lluvia o el sol ardiente, en ese cuarto de siglo en combate sin tregua por la soberanía de Cuba, incluido el peregrinar de 10 años por la manigua redentora. 

Todas merecen un monumento que no lastime su humildad y dedicación, puede ser Artimia, ama de casa que parecía frágil, mas desde que su esposo murió hace ya 30 años asumió con una fortaleza que asombra las riendas del hogar de cuatro hijas, a las cuales forjó sobre la base del amor y el respeto.

Por similar camino transitó Meida, jubilada del sector del Comercio, que creyó que el mundo se le venía encima cuando enviudó, pero alzó la frente y echó a andar y             -sacrificio por medio- hoy sus dos hijas son excelentes seres humanos y profesionales en el campo de la economía y la educación.

 Este segundo domingo de mayo es, igualmente, día para evocar a los buenos hijos como José Martí, quien sentenció que “los brazos de las madres son cestos floridos”, y se dolía tanto de las penas que le causó a Leonor, al consagrarse por entero a la lucha por la independencia de la Patria y no poder mimarla como merecía ni estar cerca cuando lo necesitaba.

A la autora de sus días envió la foto enternecedora desde la temprana prisión en la cual le pedía al dorso: “…por tu amor no llores/ Si esclavo de mi edad y mis doctrinas/ Tu mártir corazón llené de espinas…”. A ella dedicó una de las últimas cartas en vísperas de su viaje definitivo a Cuba. “Yo sin cesar pienso en Usted”, expresaba con la vida en inminente peligro.

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