Las madres, y punto

Santiago 11 de may. – Todos los días son de las madres, dijo alguien no recuerdo quién, ni cuándo, ni dónde, pero lo dijo. Lo mismo podría afirmarse del día de la mujer o del amor. Pero,  dedicar una fecha para homenajear a quienes nos trajeron a la vida, es una jornada especial que debemos auspiciar porque vivimos en un mundo donde el amor y el agradecimiento no son prácticas habituales.

El día de las madres es universal, se celebra en muchos países aunque en fecha y de forma diferentes. En Cuba lo conmemoramos el segundo domingo de mayo. Aquí la celebración se viste con su traje típico: es día de homenaje y contentura general, sea cual sea la situación en que estemos.

La celebración del jolgorio en nuestro país se remonta al 19 de noviembre de 1920, fecha en que se reunieron un grupo de señores que solían hacerlo para intercambiar sobre diversos temas, en especial sobre la cultura. Los encuentros se realizaban en un poblado cercano a  La Habana, en San Antonio delas Vegas.

Entre los reunidos aquella noche memorable se hallaba  Francisco Montonto, quien propuso la idea. Los contertulios la aprobaron y la prensa de la época dejó constanciadel acontecimiento a través de un artículo fechado el 10 de mayo titulado precisamente: Día de las madres. Así comenzó la tradición.

El día de las madres e sinónimo de fiesta, no de lamentos. Si perdimos ese horcón que denominamos mamá, hay que seguir adelante. Salvo excepciones, las que nos dan la vida, no le basta con ello y se ocupan de protegernos, de conducirnos: no osamos pedirle más.

Santiago de Cuba se alista. Las  instalaciones gastronómicas y culturales visten sus mejores galas. Pero, hay quienes prefieren pasarla en casa, en familia, una opción nada desdeñable porque la madre simboliza la unidad y, presente o ausente, está para guiarnos: ellas son la reproducción en miniatura de eso que denominamos sociedad.

Unos despabilan sus ahorros y festejan; otros resaltan la calidad de sus bolsillos y despilfarran y hay quienes van al cementerio a visitar la tumba de la madre perdida; le llevan flores y algunos se postran  ante sus restos. Pero,  al final festejamos: somos santiagueros.

La jornada es para agradecer y la gente lo sabe. Es un momento  para reflexionar sobre la familia y  su unidad, para honrar a nuestras progenitoras, esas señoras imprescindibles que  nos enseñaron a tomarle el  pulso a la vida, la única que tenemos y que nos empeñamos en defender con uñas y dientes.

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