Las malas palabras

Santiago de Cuba, 16 de sept. – ¿Existen? Por supuesto. Entonces: ¿hay buenas y malas palabras? Depende. Cuando usted dice, por ejemplo, Santiago de Cuba, no hay dudas de hacia dónde apunta. Se refiere a la Ciudad Héroe, una ciudad laboriosa, enhiesta, musical, rebelde y hospitalaria. Pero, no siempre la distinción es tan cómoda. Los sustantivos suelen ser dóciles; los adjetivos, comprometedores; los verbos son más complejos, pero hay que conjugarlos. Nombrar las cosas puede ser fácil, la dificultad surge cuando hay que narrar, calificar, evaluar.

El primer problema reside en escoger la palabra adecuada y obligarla a funcionar, porque las palabras sirven lo mismo para decir que para ocultar: somos partidarios de decir. Hay buenas y malas palabras, las hay. Depende de quien las diga, de la situación, del contexto. Disponemos de un arsenal de buenas y malas palabras y de otras que no son ni lo uno ni lo otro. Están las que nos avergüenzan y no quisiéramos que nuestros niños anduvieran con ellas; están las que nos duelen como traición, desidia o violencia y las que nos reconfortan.

Tenemos las palabras del barrio: solidaridad, compañero o ayuda. Son vocablos que conminan a seguir adelante: son las palabras santiagueras de todos los días. Esas palabras conviven con las obscenas, como las de una mujer que  grita “a mí me toca la”…, y  para descalificar cualquier duda, se palpa debajo del ombligo y las del macho -boca de letrina, espíritu gregario, alma cenagosa – quien para no quedar a la zaga ejerce su derecho al insulto. Esas son las palabras procaces, soeces, una variante de las malas palabras,  solo una variante porque hay otras quizás peores.

Ciertas palabras feas dejan de serlo cuando se les utiliza adecuadamente. Si usted se golpea un dedo con un martillo indócil difícilmente diga: “Estos martillos de producción nacional tienen ciertas deficiencias”. Si la guagua no se decide a pasar y cuando, por fin, aparece y se arma la indisciplina,  es casi improbable que usted afirme: “Tenemos que comprender que la carencia de piezas de repuesto es una problemática a priorizar”.

Si  al pasar la calle para subir a la Plaza de Marte,  una moto  se le encima y tiene que saltar para la acera para evitar la embestida, usted no reprenderá al motorista con una expresión amable. Tal vez, pasado el instante de desahogo, sienta bochorno y hasta decida esperar unos minutos para ver si el motorista regresa, para llamarle la atención y a la vez pedirle disculpas  por la palabrota; pero, sigue para la oficina: se levantó temprano y aun así corre el riesgo de llegar tarde a la palabra trabajo.

Enciende la máquina: tiene que escribir sobre las palabras y el mundo está poblado por ellas. Coloca sus apuntes al lado de la computadora y las dudas se revuelven. No quiere ofender a nadie pero: ¿Cómo no referir las cosas indecentes que hacen ciertas personas que invocan al país? ¿Cómo no hablar de los deslenguados que solo ven las manchas, de los hipócritas, de los que se creen cosas, de los deshonestos? ¿Cómo hacerlo sin maltratar a un idioma severamente maltratado? ¿Cómo hacerlo sin acudir a las malas palabras? ¿Cómo?

Para su tranquilidad, no la del idioma que ni se entera, descubre una brecha, un trillo y  comienza a escribir. Pasa trabajo pero insiste. No hay silencio blindado: las palabras penetran todos los ámbitos, a hurtadillas, subrepticiamente,entran: no hay manera de impedirlo. Ni siquiera el silencio sirve, porque el silencio no es la ausencia de palabras y mucho menos de sueños, porque estamos hechos de palabras y somos en esencia sueño.

Decide redactar un comentario que comienza así. “Hay malas palabras, es obvio, pero están aquellas a las cuales los santiagueros no podemos renunciar. No deberíamos desasirnos de palabras como bandera o cubanía, cortesía o calidad, trabajo u optimismo. Y están las palabrejas a combatir: a la expresión  mal servicio hay que darle duro;  a la noción hay que esperar orientaciones,  hay que romperle las costillas; a la manida oración quisiéramos pero no podemos, hay que zarandearla, hay que poder. Eso solo para empezar”.

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