Las palabras buenas

Santiago de Cuba, 17 de sept. – En el comentario anterior hablamos de las malas palabras, las que denigran; en este referimos las buenas, las que enaltecen, y son muchas. Deploramos el disparate, la palabra soez que ofende al oído; no por castidad, sino porque cada palabra tiene su lugar y su momento, su oportunidad de ser decorosa y hay que aprovechar esa bondad del idioma. Perdónenme por la insistencia, pero hay que hablar de las palabras, de las nocivas y las convenientes porque estamos hechos de ellas. ¿De qué otra cosa si no? Somos carne, hueso y palabras.

Sostengo la defensa de la palabra y de sus combinaciones para construir frases como esa que nos halaga y nos compromete: la palabra empeñada. Excúsenme si soy radical al reverenciar la palabra limpia. Resulta que no podemos andar por las calles de Santiago de Cuba y proferir palabras indecorosas, ni decir mentiras que nadie cree, ni acudir a constantes justificaciones, que también son feas aunque suenen bonitas.

Tampoco tenemos derecho a pronunciar vocablos deslumbrantes, de esos que casi nadie entiende y en vez de hacer el mundo más trasparente y diáfano; lo hacen más complicado y oscuro, como si no bastara. Si alguien quiere mostrar su erudición, en vez de restregársela a los demás,  conviene que elija el espacio privado: su casa. Digámoslo sin misericordia: quienes se empeñan en convertir las buenas palabras en malas y alardean de cultos son cómplices de lo abstruso y lo deleznable. (Este redactor también sabe de palabritas esotéricas: es dueño de un diccionario).

Si sabemos abemos que las cosas mal hechas irritan a la gente: ¿Por qué no las hacemos bien? Seamos decentes, no escondamos nuestras incapacidades tras un muro de justificaciones y lamentos. Nadie tiene derecho a ofendernos con palabras vacías, incumplidoras. La palabra empeñada es una divisa y aunque no tengamos ni un solo peso convertible, hay que cumplir con ella; no solo por nosotros, sino por los que vienen detrás. Si no es así, entonces: ¿qué sentido tiene la vida?

Están  los que  prostituyen las palabras convenientes y la trasforman en lo contrario. Del otro lado están los que en situaciones límites ensanchan  el significado de las llamadas malas  palabras y las convierten en imprescindibles. Así en “El coronel no tiene quien le escriba”,  la mujer, molesta porque el impasible militar prefiere alimentar el gallo, le increpa: ¿y nosotros qué comemos? El coronel responde con una sola palabra, la exacta. En Alegría de Pío cuando alguien habla de rendirse, suena la voz de uno de los expedicionarios del Granma: ¡Aquí no se rinde nadie! Y después la palabra precisa.

Hay  palabras decentes, púdicas,  en su forma e indecentes, obscenas, en su contenido. En este grupo se incluyen: la irresponsabilidad, el conformismo,  la corrupción y la insensibilidad. Hay construcciones hechas con palabrasbuenasque son negativas como: hacer las cosas mal, complicar los problemas sencillos, criticar lo que no conocemos o creernos cosas. Y uno se pregunta: ¿porqué no abrazamos las palabras humildes y hacemos bien lo que nos toca sin esperar lasórdenessuperiores o  la entrega de  diplomas? ¿Por qué no apelamos  al sentido común y a la responsabilidad?

A las palabras groseras por su contenido como: negligencia, chapucería, ineficiencia y otras de la familia, hay que machucarlas, tirarlas en un rincón. Es imperioso hacerlo  porque  tenemos que saber en que palabra estamos. La palabra empeñada aunque tiene responsables no tiene dueños: es un bien social. Hay que tomarla por el cuello, por la cintura o por cualquier otra parte, seducirla y si se resiste obligarla a obedecer. Creo que para los santiagueros las palabras esenciales  deben ser las que subrayan nuestra identidad a la cual debemos incorporar sin demora la palabra empeñada.

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