¿Le damos las gracias al enemigo?

Santiago de Cuba, 15 de oct. – No apresurase ni alarmarse antes de responder. Solo invito a reflexionar. El pasado 18 de septiembre, el Caballero de la calle,  Carlos Rafael Jiménez,  en el programa Haciendo Radio, de Radio Rebelde, se refería a la agudización del bloqueo  y a una de sus consecuencias: la   escasez de combustible que ha obligado al país a adoptar medidas radicales. Y, afirma el periodista, como este no será el último golpe bajo del enemigo se impone  la necesidad de ahorrar para tenerprosperidad. Y cita como ejemplo de lo que puede conseguir la filosofía del ahorro los casos de Holanda y Japón.

Asumimos lo que dice Carlos Rafael y sin ir tan lejos, proponemos analizar el asunto en nuestro contexto, a partir de los presupuestos formulados por el periodista. La situación de falta de combustible es coyuntural, lo que no puede ser coyuntural es el ahorro, que es imprescindible, y el aprovechamiento de las ideas que surgen durante las tormentas y las actitudes que las acompañan. En Santiago de Cuba, como en el resto del país, ya se revelan resultados en la utilización racional del combustible, asunto medular para la organización de la vida cotidiana, la única que tenemos,

Pero, hay varias preguntas. Si los problemas no son nuevos: ¿Por qué no adoptamos las medidas antes? ¿Por qué no fuimos proactivos? Y, sobre  todo: ¿Qué haremos cuando la situación actual se resuelva? Quisiera, con su permiso, ofrecer mi opinión: vivimos en un mundo y en una sociedad donde ninguna opinión expresada con respeto debe ser descartada. Opinar no es solo un derecho, en determinados momentos es un deber.

Tenemos amigos de los esquemas que consideran que las medidas tomadas deben mantenerse a rajatabla. Es un criterio no desdeñable, pero discutible: llevamos muchos años de esfuerzos luchando para vivir mejor y no podemos darnos el lujo que castigarnos, de autoflagelarnos. Esa no es la aspiración de la sociedad cubana; mas debemos reconocer, las manos en el corazón, que las situaciones extremas despabilan ideas, propician iniciativas y alimentan actitudes socialmente positivas.

Hay decisiones susceptibles de ser asumidas como permanentes, como prácticas capaces de incidir en la formación de una cultura del ahorro y de la civilidad. Hay prácticas olvidadas por la benevolencia estatal que debemos retomar, hay obligaciones que debemos exigir en este y en cualquier otro contexto. El caso del trasporte estatal es paradigmático.

El país insiste en llamar  a la conciencia de  los ciudadanos; es indispensable. Pero, en mi opinión, con eso no basta porque, en principio, no todos somos conscientes y hay quienes probablemente nunca lo sean. Creer lo contrario es tan hermoso como irreal, es pensar la realidad con excesivo optimismo. Lo digo de otro modo: es deformar la realidad real. Una cosa es lo queremos y otra lo que podemos. Las aspiraciones no siempre concuerdan con la realidad; y el día que concuerden  la realidad se volverá tan hermosa e impoluta que muchos de nosotros sobraremos: no tendremos nada que transformar.

Una anécdota. En la zafra del 70 cortamos caña durante tres meses. Y, como era por conciencia, cortábamos poco, estimulados por las ajiladoras – como nosotros estudiantes de la Universidad de Oriente-, quienes nos conminaban a que picáramos poco, y obedecíamos. Cuando estimábamos que habíamos cumplido; con nuestra conciencia bien tranquila, buscábamos una sombra.  Un día apareció un jefe, un estudiante elegido por nosotros mismos, y  dijo que había que cumplir la norma o irse no de la Universidad sino  de la caña. A partir de ese día cumplimos, y estamos vivos.

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