Maestros, esos creadores y evangelios vivos

Para la maestra santiaguera Antonia Suárez Moya, con una vida dedicada a la enseñanza, una de las conquistas más trascendentales de la Revolución cubana hecha realidad tras la victoria de enero de 1959, es la obra educacional por su carácter inclusiva, humana, noble y generosa.

 Mucha razón le asiste a esta docente para tener tan profunda convicción, pues luego de jubilarse con unos 40 años en el sector, la mayoría de los cuales los ejerció en el seminternado de primaria Abel Santamaría, de El Caney, una escuela modelo de la educación en la isla, se ha reincorporado para atender a alumnos con necesidades educativas especiales.

 Hace tres cursos ella emplea con amor y gustosamente su experiencia en el magisterio,al desempeñarse como maestra ambulatoria para dar clases a niños y niñas fuera del escenario del aula, porque la generosidad de la Revolución llega hasta sus propios hogares por poseer enfermedades que no les permiten asistir a un centro escolar o una discapacidad que le impide trasladarse.

  Realmente la colosal obra educacional que atesora la nación cubana constituye una verdadera joya en términos de derechos humanos, además de una de las principales conquistas reflejada de esa forma en la nueva Carta Magna que aprobó nuestro pueblo.

  Los logros cosechados en esa esfera, reconocidos en el ámbito nacional y fuera de fronteras, no hubieran sido posibles sin la consagración del maestro, por el responsable puesto que ocupa en el aula y en la sociedad.

  A los maestros, profesores, pedagogos que abrazaron el magisterio por amor y vocación, y a quienes lo asumieron por necesidad y también sembraron; seguramente dedicó José de la Luz y Caballero su célebre frase: “Enseñar puede cualquiera, educar solo quien sea un evangelio vivo”.

  Cada cual tuvo un maestro o maestra inolvidable, al que evoca con afecto más allá del tiempo y la distancia; ese ser noble y paciente, pleno de saberes, que enseñó letras, números, e igualmente dio amor, educó y ofreció preceptos para toda la vida.

  Siempre hay vivencias para recordar a la profesora que quedó eternamente en un espacio sagrado del corazón, por su pasión en cada clase al mostrar su sapiencia y tributar, junto al conocimiento, alegría, generosidad, en fin valores…

  Las nuevas generaciones tienen también su evangelio vivo; el mejor maestro o maestra al cual colocaron más allá de un pedestal en su propio corazón, en la primera edad en que cada concepto se hace imprescindible para la vida, o en la adolescencia y en la juventud cuando precisan igualmente cimentarse y fomentarse.

  Algunos ya graduados universitarios se refieren con gran respeto y admiración a la profesora predilecta en la carrera, al considerar que sobresalía por su erudición y su ternura como guía para las mejores acciones y confesora ante cualquier duda o conflicto.

  Cada día merecen homenaje todos los docentes de la isla, con especial cariño aquellos que dieron el paso al frente para que Cuba se declarara Territorio Libre de Analfabetismo en América, el 22 de diciembre de 1961, y sembraron las primeras semillas. 

  Igualmente, quienes andan fuera de fronteras enseñando, forjando nuevos sueños a los hijos e hijas de pueblos hermanos, y a los que con la aplicación del programa Yo sí puedo escribieron y escriben historias verdaderamente conmovedoras.

Aprender bien las lecciones es el mejor tributo a quienes siguen de pie frente al aula después de su jubilación como Antonia, al reconocer la necesidad de sus servicios todavía;a todos los educadores y a los congratulados con premios, medallas y distinciones que reverencian la valía de su obra.

  Qué hermosa cantera para guiarse y para beber de su savia tienen los jóvenes que hoy se inclinan por el magisterio, una profesión que reclama del ardor de la juventud y de esa energía propia de la edad para aportar al futuro de la Patria en tan estratégico campo.

  En esos ejemplos tienen el mejor modelo quienes estudian en las escuelas pedagógicas para hacerse maestro, que como dijo Martí es hacerse creador.

Escrito por Aída Quintero Dip

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