Manos de oro de un campesino llamo Félix

Santiago de Cuba, 14 de may. -“La tierra sirve si el hombre sirve”, advertía nuestro José Martí desde pasados siglos en una insuperable lección para los hombres y mujeres que dedican su vida a hacer parir la madre tierra,  en beneficio de ellos mismos y de sus congéneres.

Ese pensamiento tan conocido del patriota independentista de la isla y necesario de llevarse a la práctica, guía al campesinado de hoy en Cuba  en su noble propósito de contribuir a la alimentación del pueblo, hecho realidad una y otra vez por un labrador llamado Félix sobre las  fértiles tierras de El Caney

Verdaderamente él tenía manos de oro, pues amén de la fama de aquellas lomas de Grove, camino hacia el Ramón de las Yaguas en El Caney, provincia de Santiago de Cuba, su esmerada atención a los cultivos, su desvelo por cada cosecha hacían que la productividad y los rendimientos asombraban a muchos, sobre todo los entendidos en esos menesteres.

El secreto está en trabajar con gusto por lo que se hace, además de levantarse con el sol, cuidar cada siembra como la niña de los ojos desde que pone las semillas hasta que recoge sus frutos, era la consideración de aquel campesino alto, bien parecido y con una amabilidad que cautivaba hasta a los más indiferentes.

 Y realmente sus manos eran dignas del elogio, prodigiosas como llegaron a decir algunos; allí se cosechaban los mejores ñames  de la redonda, tanto de agua como de guinea, venían personas de todas partes a verlos para después comprobar en la cocina de su casa la valía de aquellos productos.

Pero ocurría lo mismo con las yucas y malangas, entre otras viandas, y también con las frutas desde los sabrosos mangos de bizcochuelo, toledo, mamey y corazón hasta los melones, fruta bombas, piñas. Todas con una característica esencial: dulce como la miel.

Estas tierras también eran de amores porque su única novia, su esposa, el sentido de su vida, la guajira Artimia, era motivación especial para dedicarse con esmero a las duras y agotadoras faenas del campo bajo un sol abrasador y, a veces, bajo la lluvia intensa, cuando no le daba tiempo llegar a casa.

Pero Félix no se consagró solo a los trajines agrícolas, era un líder natural de aquellos predios, dirigía la base campesina, orientaba a sus coterráneos labriegos sobre cómo usar los insumos, sobre todo, los fertilizantes y la manera más efectiva de sembrar de acuerdo con la época del año, en busca de mejores cosechas.

También al llamado del deber tomó el fusil y se atrincheró con sus compañeros de armas, en ocasión de la Crisis de Octubre y el ataque mercenario por Playa Girón como buen miliciano.

Era un hombre respetado, querido que supo inculcar en los demás las ventajas de la primera Ley de Reforma Agraria promulgada por la Revolución apenas llegó al poder, al dar la tierra a sus verdaderos dueños, a quienes realmente la producían. 

Fue reconocida su sempiterna preocupación y ocupación por alcanzar altos rendimientos y elevar la producción y la productividad cada vez más, como una manare de retribuir a la Revolución que forjó un mejor destino para esa clase olvidada antes de su triunfo, el primero de enero de 1959.

Félix murió hace 30 años, pero todavía en esas lomas del El Caney se le recuerda, solo que lastimosamente allí las cosechas no tienen la abundancia de antaño, o mejor dicho casi no hay cosecha.

Estas letras son un tributo a su desvelo y resultados cuando Cuba celebra el Día del Campesino, este 17 de mayo, y el aniversario 60 de la Primera Ley de Reforma Agraria, firmada en La Plata, Sierra Maestra, que confiscó todas las propiedades de más de 400 hectáreas de extensión y entregó la tierra a numerosos campesinos, por idea del Comandante en Jefe Fidel Castro.

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