Me preguntan cómo hacemos

Santiago de Cuba, 12 de feb.- Un lector de esta página pregunta cómo hacemos para sobrevivir e insistir en nuestros empeños. Con todo respeto le respondo. Le recuerdo que en textos anteriores nos hemos referido al consenso en torno al tema decómo somos los santiagueros o como creemos que somos o tal vez cómo quisiéramos que fuéramos. Si me preguntan nuevamente, y tienen todo el derecho a hacerlo, diré que somos lo que hacemos.

Cosas hay que hacemos con la cabeza, otras con las manos, algunas con ambas partes del cuerpo. Pero, muchas las hacemos con una parte del cuerpo denominado con una expresión muy cubana y tan conocida que es improcedente reiterar en esta página. Se trata de un sustantivo musical y sintético. No insisto porque ustedes saben a qué parte del cuerpo o del alma me refiero. Aquí en la página por concesiones a la civilidad y por respeto a los lectores decimos que las hacemos con esfuerzo y dedicación, palabras que reflejan la realidad y tienen la ventaja de que nuestros oídos están acostumbrados a escucharlas, aunque a veces sufran discretamente al oírlas.

Hacer que el país camine y avance en medio de dificultades sin cuento y harto conocidas no constituye una alternativa, sino un deber. Decir las cosas que pensamos aunque sean desagradables no es opcional sino obligatorio. El problema reside en saber orientarse en el vasto universo de las palabras hasta hallar las adecuadas. Y este es solo el primer paso; luego se impone la tarea más ardua: organizar las palabras, enlazarlas, ponerlas a funcionar.

En Cuba desde 1959 comenzó a construirse una tradición: apelar a la comunicación asamblearia, de suerte que la oportunidad más hermosa que nos dio la Revolución Cubana fue la de ser por y para ella. Fidel Castro, su Líder Histórico, en su larga vida como estadista dirigió el país, especialmente en los primeros años, a pura palabra. Resucitó un viejo estilo de dirección y lo renovó. Reunía multitudes en su espacio favorito: la plaza. Dialogaba, proponía, pedía aprobar alguna medida, decidía con el auditorio, lo comprometía. Solo que en la plaza, a diferencia de Atenas, todos podían estar y votar.

Hoy el espíritu es el mismo, pero el país y el mundo son otros y la vieja lección de alertar, comprometer, de afilar las palabras, no puede ser obviada o minimizada. Quizás en 2020, por la infinita confianza del pueblo en su Revolución, porque no hay ninguna invasión a la vista, hay quienes duermen confiados y esa actitud tiene una lógica, pero hay otra lógica, la de la desconfianza y eso implica estar vigilantes: el enemigo ha mostrado su mala memoria y nunca se sabe: estar alerta no sobra.

Hemos resistido 60 años de puras dificultades, de compromisos auténticos y de confiar en nosotrosmismos. En este sentido el 2020, año donde los problemas se divisan en el horizonte más cercano, no va ser la excepción. En este contexto es oportuno recordar como somos y cómo hacemos para avanzar con los pies puestos en la tierra y la mente proactiva. En este escenario estamos obligados a decir lo que pensamos, a aprovechar la ventajas que el país nos ofrece de hablar sin ambages, hecho que implica pensar más, trabajar más y con mayor eficiencia. Y los santiagueros estamos prestos: sabemos de continuidad, de persistencia, del arte de domar escollos, de construir realidades a golpe depalabras y de sueños, pero con los pies bien afincados  en la realidad.

Deja una respuesta