Mi barrio y el riesgo de creerse cosas

Santiago de Cuba, 15 de feb. – En nuestro barrio están contraindicado obviar el saludo y creerse cosas. Cualquier ciudadano adepto a una de estas actitudes se expone al repudio y si, como suele ocurrir, ambos comportamientos conviven en una sola persona, el infractor tiene el rechazo garantizado. De modo que no saludar o creerse mejor que los demás constituyen un riesgo que algunos -por desdén hacia los otros o por alardear de superioridad- deciden correr. Frecuentemente los osados terminan por lamentarse al comprobar lo evidente: contra el barrio nadie puede.

Los imprudentes aprenden rápido la lección. En el reparto Portuondo es preciso saludar, no solo por practicar la cortesía, que debería ser obligatoria, sino por otras razones prácticas como ganar el prestigio que la sencillez otorga o para evidenciar nuestra capacidad para compartir lo que tenemos, empezando por el lenguaje. Saludar es pertinente para demostrar que somos como los otros, como el barrio: contribuye a alimentar el sentido de pertenencia hacia la comunidad.

Hay quienes gustan de exhibir pomposamente lo que poseen; no le basta con tener, y en el barrio las demostraciones excesivas tienen precio, tan alto como el de las viandas, los vegetales, las carnes o de cualquier otro producto que no quepa en esta clasificación y que la gente inventa animada por la certeza de que todo lo que se vende se compra. Los vendedores cuentan con un aliado formidable: la carencia, arma más eficiente que la publicidad más enjundiosa.

Saludar en el barrio trasciende la cortesía. Hay que saludar y contestar los saludos.Saludamos porque es bueno para la salud, por precaución, para evitar confusiones y hasta por sospecha, como decía Alfredo, después de un par de tragos mañaneros. Solo que mis vecinos tienen problemas con los cargos. Buenos días combatiente, cómo están los temas, me dice Wilfredo. Buen día capitán, cómo va la salud, inquiere Torres. Buenos días profesor, apunta Carlitos. Con independencia del portador del saludo, le respondo invariablemente: Todo bien, en la batalla. La salutación que menos me agrada, pero soporto, es la de un borrachito quien ayudó a construir mi casa. -¡Dime coronel-, e inmediatamente me pide un cigarro.

Para quitarle la mala costumbre, le obsequioun “Popular”, de los que cuestan siete pesos. Pero, para vergüenza de los especialistas en promoción, publicidad, marketing y otras materias aledañas, a este amigo las marcas lo tienen sin cuidado. Recientemente, apenas lo dejé terminar el saludo. Hombre, le dije, hoy tenemos un problema: ni tengo cigarros ni plata para comprarlos, asíque otro día será. No se preocupe, me respondió: “¡General!, yo subo los cargos, pero no los salarios”.Así son mi gente.

En mi barrio no responder al saludo o no saludar es un delito, aunque no esté tipificado enninguna de nuestras abundantes regulaciones. Aquí creerse cosas es un dislate, una pifia estratégica, si lo dudan pregúntele a Don Antonio más conocido por Rejita. Le gusta o le gustaba hacerse el bárbaro. Tiene una tremenda casa – no se sabe bien de dónde sacó los materiales para construirla-, no saluda o no saludaba. Un sábado regresó de su trabajo; se presentó en el dómino. Estaban los cuatro que jugaban y algunos curiosos. “Señores, alguien se metió en mi casa y se llevó el equipo de música. Como ustedes siempre están pendientes de todo, alguno de ustedes tiene quehaber visto algo”.

Le respondimos con el silencio. Entonces se explayó sobre la falta de solidaridad y dijo que no había problema, que los ladrones- en todas partes los hay- eran unos bobos, que se llevaron el equipo de música pero no tuvieron valor para subir al segundo piso donde están los equipos electrodomésticos más estelares y que él no confiaba en nadie, menos en nosotros. Pero, no hay problema, reiteró, tengo otro equipo de música súper marca, yse marchó amenazante. Regresó en la tarde; volvió con un camión, unos compañeros y una reja antológica por su tamaño y cantidad de arabescos.  Sacaron varias botellas de ron sellado, bajaron la reja, tomaron las medidas y empezaron a perforar las paredes. Como nadie nos pidió colaboración, no colaboramos: seguimos atentos a las partidas de dómino.

Perforaron la pared, rectificaron y decidieron asegurar la reja y montarla el día siguiente. Realmente no se sabe quiénes se llevaron el equipo de música, en una etapa que pocos tenían tales aparatos. Tampoco se sabe   quiénes ni cómo, en la madrugada, se llevaron la dichosa reja. Antonio trajo otra y la colocaron sin contratiempos. Pero, la tragedia recomenzó. Cuando se vulnera su identidad el barrio ataca.Cada tarde cuando Antonio regresaba a casa, los deldómino comentaban. -Oye, tú no sabes quién tiene una rejita por ahí. -Señores, estoy vendiendo una reja de alta calidad… Antonio intentó ponerse duro, pero fue peor: empezaron a llamarle Rejita.

Los conatos de violencia en la cuadrasuperados en los años setenta amenazaban con retornar y decidimosintervenir. Su esposa amenazó con llevar el asunto a la policía, pero entre varios vecinos conciliamos a las partes en disputa. Los muchachos del dómino dejaron de llamarle Rejita a Antonioquien consiguió lo que muchos personajes ilustres no lograron: recuperar su nombre. Para consolidar la paz Antonio comenzó a ser otro. Saluda a todo el que se cruza en su camino. A veces se para en el dominó, como espectador, claro, y cuando se arma la ponina de siempre para comprar una botella de ron barato, es el primero en aportar, y aporta bastante.

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