Mi tío, el veterano.

Santiago de Cuba, 9 de oct.- No lo recuerdo de otra manera. Viejo, con un andar lento, una guayabera raída pero limpia, bien planchada, sus pantalones de color azul oscuro, sus zapatos viejos pero limpios, un bastón construido de un palo común,  y unos espejuelos con cristales de los que llamábamos  fondo de botella. 

Subía y bajaba la avenida  Victoriano Garzón y llegaba a mi casa donde era recibido con sumo agrado. Solo yo lo miraba sorprendido, con respeto y tal vez con miedo. Por eso, cuando se sentaba en el viejo taburete me llamaba y me sentaba a su lado, me pasaba las manos ásperas por la cabeza  y me decía algo de aquella guerra organizada por Martí, de quien decía las más hermosas palabras que yo nunca había escuchado; o de José Maceo y su banda de la cual fue músico, y no dejaba de tararearme unos acordes del Himno Invasor, o el Nacional de Cuba. Y no dejaba de recordarme cómo los licenciaron con unos centavos que apenas alcanzaban para vivir.

Entonces, recomponía sus recuerdos y conversaba, conversaba y conversaba hasta que lo llamaban a almorzar con lo poco que hubiera en la casa. Luego, retomaba la conversación. Su cuento predilecto era tocarle el cuero de chivo al asiento, mientras decía cómo tuvieron que arrancarlos de los asientos, para hervirlos y comérselos pues hubo momentos en que no había otra cosa. Le recordé la estatua del Mambí Victorioso colocado en la Loma de San Juan y me contaba de las decenas de kilómetros que tuvieron que andar y desandar para ver a Cuba Libre y Soberana.

Una vez, quise tocarle la medalla con una estrellita y una banderita cubana que lucía en el pecho de su pulcra guayabera. Entonces, me miraba con los ojos más tiernos que pudiera tener un anciano y me decía casi con lágrimas en los ojos: –Esta medalla es mi vida misma. Me la dieron por estar siempre al frente en el combate. Representa a Cuba y a todos aquellos que lucharon sin miramientos por ella, primero contra los colonialistas españoles y luego contra los intervencionistas de  los Estados Unidos. Y apretaba los puños y se le aguaban sus tristes ojos.

Hace tiempo no se encuentra en el mundo terrenal. Hoy, ya viejo mis hermanos dicen que me parezco mucho a él. Pero lo soy solo por mi cara, mis canas, el cuerpo algo encorvado y por mi bastón construido de un palo común. Pero, le aseguro que yo no lo veo así pues siempre lo recordaré con su bastón,  unos espejuelos   fondo de botella y por el orgullo de llevar una medalla en el pecho con una estrella y una bandera cubana. Así, recuerdo en lo profundo de mi alma y mi corazón  a quien fuera mi tío, el veterano.

Por: Armando A. Céspedes Calderín.

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