Mis estudiantes y la crítica

Santiago de Cuba, 14 de dic. – Ahora mis estudiantes de Comunicación Social marchan a realizar las prácticas laborales en organizaciones de las tres provincias del Sur de oriente cubano. La práctica es un momento clave en sus estudios pues le permite aplicar y contrastar los conocimientos adquiridos en la academia, en la Universidad de Oriente, con la realidad comunicativa de las empresas, organismos e instituciones que los acogerán en el último año de la carrera; la práctica constituye una oportunidad para la integración de saberes teóricos y prácticos.

Cuando hablamos del ejercicio del criterio, en el claustro asoma la tendencia a comparar a los alumnos de hoy con los de generaciones anteriores. Desde mi experiencia, compartida durante tres décadas con los alumnos de Periodismo y de 20 años con los de Comunicación Social, las diferencias son secundarias. Los muchachos de la Facultad de Humanidades siempre han sido críticos y eso resulta positivo porque, si la crítica responsable funciona como condimento para el desarrollo social; para los profesionales de la palabra deviene necesidad.

En mi opinión la diferencia de fondo entre los alumnos de las dos últimas generaciones se resumen en que los actuales son más desenfadados y disponen de lo que no tuvieron los anteriores: el acceso a las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Los de ahora están lógicamente más informados, lo que no quiere decir necesariamente que estén mejor informados. En ocasiones el acceso a Internet, a las redes sociales, los desinforma. Penetrar en este medio sin adoptar las precauciones que la profesión exige comporta los mismos riesgos que hacer el amor sin preservativos.

Cuando en las clases afrontamos algún tema peliagudo invariablemente pienso: vamos a ver qué opinan mis estudiantes. Si hay personas críticas son ellos. Tienen el hábito de la queja. Los de Periodismo se quejan del  periodismo que hacemos, de las noticias que no son noticias, de la insistencia  en los mismos  temas, de los trabajos catalogados como reflexivos  donde no se opina, de  las divergencias entre la opinión pública y la opinión publicada. .

Se quejan, y yo sonrío. Les explico que antes de ellos nacer la situación era peor; ahora nos estamos actualizando. Sin embargo,  cuando nos piden que seamos más críticos, tendemos a evadir  temas medulares, por tradición, por facilismo y porque no es rentable. Con todos los problemas que existen aquí y en todas partes cargar la mano y ocuparnos de asuntos sin solución, con todo respeto por quienes exaltan el  papel social de los medios, no es un buena idea porque problemas hay que  los periodistas, aun los más capaces no pueden resolver. Ya les tocará cuando tengan que bailar con la otra música, la del concierto de los medios. Eso le prometo.

Los de Comunicación Social tienen como temas favoritos el funcionamiento de la comunicación en la empresas y en la propia universidad, en eso coinciden con los de Periodismo. Su especialidad consiste en preguntar lo inconveniente. En determinadas situaciones los recrimino, pero son pertinaces  y vuelven a la carga. Cuando acuden  a las generalizaciones, los reprendo. A veces los conmino a la reflexión y en ocasiones hasta me enfado; pero inmediatamente los perdono. Sé por experiencia que, para terminar la carrera, esos mismos muchachos cuestionadores y respondones presentan tesis que matarían de envidia a los mismos profesores que los cuestionamos.

Recuerdo con cariño que estos mismos estudiantes inquietos y respondones cuando llegaba la etapa final del curso, en los noventa, donaban un mes de sus vacaciones para sembrar cultura en las montañas de la Sierra Maestra y había que seleccionar  20 porque teníamos  muchos candidatos a  incorporarse al programa cultural comunitario 

Se van para las prácticas y los extrañaré. En el aula solemos dialogar. En ocasiones algún alumno se revela porque está en desacuerdo con otro. Le recuerdo que una virtud del comunicador es saber oír, respetar el criterio ajeno siempre que se exprese con respeto. Se calman hasta la próxima clase en que tengo que hacerle el mismo recordatorio. Son testarudos bien intencionados. Claro que no son iguales los de nuestra generación: son mejores. La tendencia a generalizar, a afirmar las cosas que imaginan y no logran fundamentar, son dolencias juveniles que tienen remedio: la vida la cura. Lo que no tiene remedio es el silencio.

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