Nos vemos en Santiago de Cuba

Santiago de Cuba, 23 de ago.- Las palabras y las cosas es el título de un libro conocido. Las palabras y las cosas: es bueno que estos vocablos anden juntos,  como marido y mujer, con los mismos derechos. Confieso que no consigo separarlos, porque para nombrar las cosas precisamos de palabras y para que estas funciones necesitamos de las cosas. Permítanme ilustrar con un  ejemplo: con la palabra Santiago. Claro que hay otros Santiago, incluido un ron que uno no sabe si tomárselo o  perfumarse con él, por su calidad y por su precio. Pero este no es el tema de hoy, el tema es Santiago de Cuba.

“Nos vemos en Santiago”, el primero que  lo prometió fue el maestro boliviano  Renato Prada Oropeza, dos veces premio Casa de las Américas. Lo conocí en 1989, en la Universidad Veracruzana, donde presidia un equipo de investigadores y dirigía la revista Semiosis. Era un hombre extraordinariamente amable y humilde. A pesar de sus múltiples compromisos académicos accedió a ofrecer un curso de verano en la Universidad de Oriente, a hablarnos de Semiótica, materia de la que sabíamos muy poco y que aún hoy solo algunos dominan.

El rector lo invitó oficialmente y no solo vino sino propició que en 1990 vinieran dos de sus compañeros de labor: el destacado historiador Ricardo Corzo y Yolanda Villaseñor. El primero nos ayudó a comprender la riqueza de nuestra propia historia; la segunda se enamoró de Cuba, hizo sus tesis doctoral sobre Onelio Jorge Cardoso, nuestro cuentista mayor y para ratificar sus amores por la Isla, se casó con un cubano; de eso me enteré años después.

En la Escuela de Turismo de Cubanacàn  de Santiago,  durante los años 90, trabajamos con varios gerentes extranjeros de la compañía alemana LTI, que administraba el hotel Carisol–Corales. Todos apoyaron a la escuela, en especial Antico. Cuando se marchó no quiso que lo acompañáramos al aeropuerto.  Laboró en cerca de 20 países y  nunca retornó a ninguno. Pero, a los dos años regresó a cubrir las vacaciones del gerente de la LTI en Varadero. Nos prometió venir y cumplió. No vino tras una mulata, sino a recorrer la ciudad y de paso visitar el santuario de la Virgen de la Caridad del Cobre.

¿Por quéles cuento estas cosas? Porque creo que en ocasiones no valoramos bienlo que somos y tenemos; y es bueno que alguien nos lo recuerde. Permítanme resumirle otras anécdotas. En 1996, 25 trabajadores del turismo laboramos en  la Costa del Sol,  en España. Un grupo de cubanos, que vivía allá y se reunían cuando podían me invitaron a un encuentro. Me preparé para responder cuestionamientos políticos, pero me desarmaron:   hablaron de sentimientos, de la imposibilidad de regresar a la patria. Y aunque no era mi caso compartimos nostalgias, añoranzas.

En 2016 cuando trabajaba en México me sucedió algo parecido. Varios cubanos que se reunían  por su cuenta,  pues no pertenecían a ninguna organización, gustaban hablar de Cuba,  país que tiene amigos en todas partes. Un periodista amigo me invitó. Estaba contento de oírlos, hasta que un señor quiso desentonar y dijo algunas cosas feas. Los otros respondieron por mí y el periodista  enderezó el intercambio de una forma muy mexicana o muy cubana: “No vale la pena hablar contra tu país, es como hablar contra tu madre”. Algo así dijo y propuso un nuevo brindis. Lo aprobamos por consenso.

Hay cubanos formados en la Escuela de Cubanacànque trabajan fuera y vienen a ver lo suyo, uno de ellos es Oslaide. Cuando en 2012 el huracán Sandy descuartizó  la ciudad, me informaron que había enviado dinero para ayudarme a reconstruir el techo de mi casa. Le informé que el techo que voló en pedazos fue el de la oficina y que de reponerlo se encargaba el Estado. No hay problema, respondió: nos vemos en Santiago. Vino y celebramos por todo lo alto, subidos en las gradas del estadio GuillermònMoncada donde el equipo de beisbolderrotó al de Villa Clara.

No todos los ejemplos son edificantes. Cuando regresamos de la Costa del Sol se  quedaron dos cocineros. Estaba en otra ciudad y no tenía los detalles, pero en La Habana me conminaron a explicar. El más joven se encontró una mujer y el mayor, un marido, dije. Eso es exilio amoroso, sentenció el jefe nacional. Años después, pasaba por Plaza de Marte y me encontré al más joven. Hay rencor, preguntó. Nos dimos un abrazo y  prometió localizarme mañana. Nunca más lo he visto. Cuando a los que se quedan le va bien,  regresan; de los que le va mal no nos enteramos porque no vienen.

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