Para agradecerle a Teresa la Utopía en el silencio

Santiago 30 de oct.- Nadie estaba ante la puerta de la Casa de El Cuento, de veras extrañado por el silencio. Le habían dicho que aquel era el sitio más bullicioso de El Lugar Rodeado de Agua, ¿o debí decir los Altos del 30 de Noviembre?

¿Debí decir acaso El Lugar Rodeado por los Autos, que otros irán a reparar o a escoger, según parezca? ¿O tal vez El Lugar Rodeado por los Niños y las Niñas, esos lectores implacables de una biblioteca nueva?

Pienso que tendré que decir El Lugar Rodeado por Hombres y Mujeres de sangre negra y blanca y roja: con sangre de avispas. Y por eso era costumbre señalarlo, en el mapa de Cuba, para guiar a los viajeros hacia esa dimensión. Pero, ahora, allá, en la Casa-Biblioteca-País, donde habitaba Nadie, no se oía ni un leve susurro.

Alzó la mano, tocó, y ante el impulso del golpe se abrió la puerta de ese otro Lugar, Lugar-Mujer-Tapiz que se llama Teresa Melo. O que se llama Mundo. (Debo aclararte que Teresa y Nadie eran gente muy tímida). Casi la misma gente. Porque ella Venía de Otro Cuento, en el que era solamente una voz filosófica, aunque una voz importante, una voz que había conquistado las audiencias y los públicos.

Una voz poética propia, que ya había sabido decir en su Libro de Estefanía:

“yo soy la forastera de tu sueño / soy la extranjera y no tú/ sentado sobre mi sol como sobre una lámpara // Soy la extranjera
y el extranjero no existe / Han puesto un edificio extraño sobre el tiempo / un pedazo soy yo”.

Pero eso Nadie lo sabía. Nadie lo supo siempre, incluso, antes de haberla visto entonces entre cientos de libros. Nadie era como su alter ego, como su marsupial, su ombligo. Y ahora no sabía qué decir. Daniela no lo hubiera sabido. El tiempo era el aliado del silencio.

Y hubiera querido contar historias de La Habana, historias de un silencio superior a ese que ahora rodeaba la Isla-Ciudad- Pájaro-Veleta-Dormitorio, en el Lugar Rodeado Por Amigos, Avispas, Intendentes, Poetas, Periodistas incluso… como seguramente alguna vez te darás cuenta). Pero no las pudo narrar, porque recordó que Teresa había vivido allí, y después había cerrado esas gavetas, había cambiado de señal.

Y ahora, requería de los suyos otras sinfonías, y era el tiempo su mejor acompañante en el oficio de hacer versos. Como en el oficio de ver partir a los amigos, una y otra vez. Ella refiere:

“Desconéctalo todo. / Por los cables raídos no circula la vida / ni la muerte. / Las arañas lo saben y tú // y el sofá con las marcas / del cuerpo
/ de los cuerpos. /Desconéctalo todo. / El único sonido sea tu respiración”.

Y ella se acuesta sobre el mundo que es ahora su país, y lo hace suyo en cada día de Santiago de Cuba, de ese otro país de internet en el que tiene ya Teresa Melo decenas, centenares, ¡miles de seguidores!, que le responden con sus likes de amor a Cuba y a su pueblo.

Y ahí tenemos a Nadie, educadísimo, dudando ante la puerta abierta, pues le habían enseñado que debía pedir “permiso” para entrar a cualquier sitio, y decir “buenos días” y “gracias”, pero como no parecía haber quien respondiera a sus fórmulas de cortesía y como no podía quedarse allí ni tenía todo el tiempo del mundo para perder, se decidió y entró.
Se puso de rodillas casi, pero entró. Le agradeció profundamente la tristeza, la devastación, y entró… y después la pasión, la alegría, el vino y el error, y la risa en compañía de sus hermanos de la infancia.

Y luego, agradeció su espejo. El llanto tras el terremoto de Haití. Le agradeció aquellas palabras del amor y la nostalgia. Y cuando el huracán sembró el dolor Nadie las recordó:

“Si esta noche llovieran piedras de fuego / no veríamos al amigo que regresa / al amigo que no está y al
enlutado”…

¡Ese era Nadie! En breve, sería Ulises. Tal vez, todos los hombros que ayudaron reconstruir dos veces el jardín, la casa abierta por el cielo, la naturaleza mortal de los que te hacen más difícil la existencia. Y ella estaba de nuevo allí, con su sonrisa presta y sus consejos de animal poético y el don de siempre, mineral, tosiendo, y con la cervical hecha trizas de
editar, editar y ser fiel. A sus hermanos y sobrinos, a sus libros y sus autores, a su eterna y hermosa Casa Editorial Oriente.

A Daniela. A los recuerdos que dejó en el Centro Provincial del Libro, a los libreros y bibliotecarios, y lectores. Y a tanta gente simple. A la de ella. Que también es la de los premios, las lecturas especializadas y jurados de todos los géneros. Teresa de la Caridad Melo Rodríguez, poeta, coordinadora del Encuentro de Poetas del Caribe y el Mundo que lleva el nombre de
Jesús Cos Causse. Y la Teresa del café, los viajes de vender los libros del país, o de ir como representante del país, miembro de Honor de la Asociación Hermanos Saíz, y miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.

La incansable promotora cultural que va por todas partes compartiendo fotos y recuerdos, el valor de ser cubano a toda costa, y ha sabido ser orgullo de su padre y de su madre. Haber sabido ella también ser madre y padre, hacer familia, y sentirse CRECER con amigos y amigas de todos los tiempos, y de todas las edades. Pero sin olvidar jamás que fue tan joven y rebelde como todos los que también alguna vez, sin ley, lo fuimos.

Esa es ella. Mujer, con memoria, con olvidos, con perdones, con muchísima sinceridad y sin pelos en la lengua. Mucho que enseñar y mucho que decir. No en balde, los amigos de hoy han venido hasta aquí a decírselo. Para que les diga poemas de Las altas horas o La sombra protectora. Y poemas de su libro en preparación.

Supongo, amiga mía, que también habrás sentido alguna vez cómo es el verdadero silencio, de noche, por ejemplo, cuando todos duermen y hasta los perros y los grillos y nuestros pensamientos, callan. Y tú escribes poemas de amor, o los compilas justo allí donde otros buscan días espléndidos para morir.

Y luego, nos deleitas con tu voz inconfundible, con tus palabras, tus cervezas, tus ajiacos, y tu manera de ser cómplice. De salir a luchar contra el silencio. Ulises se vuelve a la mar. Y ya no es Nadie ante La Casa de El Cuento. Soy yo, sentado junto a ti en el sitio en que tan bien se está. Que sigue siendo tuyo y siendo nuestro. El Lugar Rodeado de Libros.
Donde la voluntad es parte ya del mismo blando corazón.

Te lanzas a este mar y eres parte de todos, de centenares de minúsculas partículas que brotan de la Nada. Se hacen una allí, en tu silencio, que lanza fragmentos de fuego a los cobardes, los derechos, aquellos que dejaron morir al cisne en medio de la oscuridad. Pero Nadie regresó. Para agradecerte por ti. Para seguir contigo haciendo la utopía en el silencio.

(REYNIER RODRÍGUEZ PÉREZ)

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