Por favor, señor, puede darme la cartera

Santiago de Cuba, 5 de sept. – El título se lo pedí prestado a unos colegas del Distrito Federal. Permítanme desarrollarlo desde las vivencias. Trabajé un semestre en la Universidad Veracruzana (1989) en  Jalapa, una ciudad atractiva, parecida a Santiago de Cuba, en su arquitectura y sus gentes amables, hospitalarias, educadas, alegres pero no bulliciosas. Pude intercambiar con varios profesionales del área de Humanidades. Conocía muchas personas que, independientemente del tamaño de sus bolsillos, simpatizan con la Revolución Cubana. Jalapa era un lugar tranquilo, sin violencia.

Retorné a México. Laboré en la Corresponsalía de Prensa Latina (2013-2015), en un excelente colectivo liderado por Jacinto Granda, primero y por Orlando Oramas, después, dos periodistas respetables. Pero, México era otro país, con récords que, como señala Luis M. Arce, “nadie en el mundo quisiera ostentar: más de 90 homicidios dolosos diarios, 900 femenicidios  al año, 40 000 desparecidos” y  mucha corrupción. El presidente Andrés Manuel López Obrador es la esperanza. En sus primeros seis meses de gestión cuenta con un inusual índice de aprobación popular del 80 por ciento.

Alguien se preguntará: ¿Qué tiene que ver lo dicho sobre México, es especial sobre su capital, con Santiago de Cuba, una ciudad ajena a la mayoría de los azotes que dañan a la sociedad azteca? Pues sí, tiene que ver; primero, como lección para los desinformados o los ilusos que aún creen y hasta alaban las supuestas bondades del neoliberalismo. México, un país rico en recursos naturales y humanos, es un ejemplo claro de las deformaciones sociales que provoca la aplicación del pensamiento neoliberal.

Segundo, por lo relativo a la educación formal. En un estudio muy serio (2014) se constató que la mayor preocupación de la sociedad mexicana es la violencia: los robos, asaltos y secuestros son cotidianos y la gran prensa los exacerba. Sin embargo, en este ambiente violento, la mayoría de las personas conserva la educación formal. Ignoro si lo de por favor, señor, puede darme la cartera, es una invención de la creatividad popular mexicana tan parecida a la santiaguera.

No lo sé. A mí nunca me robaron. Los delincuentes prefieren víctimas más productivas y asequibles, especialmente  los que tienen dinero o los indefensos. Pero, por lo visto y lo vivido, no dudo de su caballerosidad hacia quienes no oponen resistencia. Y cuando comparamos realidades a uno le duele admitir que en una sociedad  no violenta como la nuestra se hable de pérdida de valores tan simples como la cortesía diaria, el sencillo acto de saludar, de dar las gracias, de ceder prioridades a ancianos, mujeres y niños.

Con frecuencia la  pérdida de buenos hábitos  se achaca  a la actuación de la juventud. No estoy seguro de que esta presunción sea cierta. Sí parece claro que los jóvenes son más desenfadados e incorporan con facilidad hábitos ajenos a nuestro modo  de ser, a nuestra idiosincrasia. Pero, basta con caminar por las calles santiagueras para chocar con la descortesía practicada por diferentes personas con independencia de su sexo o su edad, personas que tienen la suerte de habitar en una ciudad hospitalaria por excelencia.

Me parece que con las amonestaciones y llamados a la escuela y a la familia no basta. Creo que deberíamos pedirle a los especialistas estudiar este asunto el cual, por su complejidad y consecuencias, lo amerita. Los problemas relacionados con el comportamiento social exceden  la capacidad de solución de cualquier institución y, si los dejamos crecer, si los ignoramos, se establecen como malas prácticas que deforman al ser humano. Creo que los especialistas deben meditar sobre nuestra propuesta. No le pedimos la cartera sino, por favor, valorar este reclamo.

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