¿Qué ciudad y qué santiaguero necesitamos?

A raíz de los sucesos del pasado domingo 11 de julio se impone el análisis.Queda claro que fue una operación mediática planeada y financiada desde el exterior para desestabilizar el país, provocar un estallido social y justificar una intervención humanitaria o lo que es lo mismo una invasión. Tras las provocaciones dialogamos con muchas personas y nos preguntamos una vez más qué santiaguero tenemos y qué necesitamos. Consideramos oportuno retomar el asunto y ofrecer nuestros criterios salidos del intercambio con colegas, especialistas, vecinos, desconocidos y claro, de nuestros propios razonamientos.
Desde 2019 afirmamos que existe consenso a la hora de señalar los valores de Santiago que son los mismos de sus gentes, su principal riqueza, la que le otorga fisonomía propia. Santiago de Cuba es ciudad caracterizada por su historia relevante, por su reconocido patriotismo, por su rica cultura popular, por su hospitalidad, por su alegría bulliciosa, por su idiosincrasia peculiar, por una identidad la hace única. Sus hijos, para no ser menos que la madre, acopian valores afianzados en el tiempo: son valientes, decididos, solidarios, laboriosos, amigables, rítmicos, musicales… Todos estos valores conforman la idiosincrasia del santiaguero que es la instancia donde se materializa su identidad.
Entonces, para seguir siéndolo que somos: ¿Qué ciudad y qué ciudadano necesitamos?La respuesta nace del consenso. La generalidad de los santiagueros quiere que su ciudad continúe siendo lo que es, que mantenga su identidad y que sus habitantes nunca renuncien a ser lo que son, lo que los distingue. La gran mayoría queremos cambios para vivir mejor y ser más plenos. Estamos abiertos al diálogo, pero cuando se trata de defender principios se impone cortar por lo sano. Nos tientan o nos empujan con malas artes y respondemos: nos atrincheramos en nuestra verdad: hay demasiadas razones que defender y ninguna para cejar.
Somos constructivos y pacientes.Y en la espera está incluido el enemigo. No lo elegimos, ni podemos obviarlo: está demasiado cerca; nosotros también estamos cerca y no pueden ignorarnos. No queremos la confrontación; desde siempre perdimos el miedo que es un estorbo para seguir adelante; saben que somos fuertes, que estamos entrenados en la resistencia y permanecemos unidos; conocen nuestros valores, aunque pretendan ignorarlos.Sabemos dónde están nuestras disfunciones y cuáles son las prioridades: la economía, la firmeza ideológica y la lucha por la paz. En nombre de esos saberes no podemos admitiracciones que perturben la tranquilidad que necesitamos para cumplir con nuestras prioridades.
Como lo demuestran los disturbios ocurridos en la ciudad y en otras partes del país, tenemos adversarios ocultos, agazapados y desembozados. Conforman una amalgama donde hay casi de todo: personas confundidas, mal informadas, víctimas de la manipulación que no siempre es tan obvia como las mentiras publicadas en las redes, mostradas por el noticiero de televisión del día 13, malagradecidos; como en casi todas partes hay delincuentes ejecutores de acciones vandálicas. Están los que no participan, pero aprueban. Y están los deslumbrados por lo ajeno, los anexionistas de corazón o de bolsillo, lo smás ruidosos porque tienen que justificar su salario y para ello atizan el odio y la irracionalidad.Existe una cadena de mando. Afuera permanecen los que organizan y financian; dentro, los mercenarios y otros secuaces.
Los disturbios no sorprenden, la campaña mediática precedente auguraba esa posibilidad. Tampoco sorprende el momento escogido por muy vil que sea la selección. Aprovecharon una situación extremadamente difícil, la confluencia entre la pandemia -en su peor momento-, la continuidad del recrudecido bloqueo, las escaseces de todo tipo: alimentos, medicinas, combustible, electricidad. Apostaron al descontento que provoca la situación, la desesperación y el cansancio como aliados y lanzaron las provocaciones concertadas. Convirtieron los disturbios en una nueva oportunidad para el virus, para malograr la lucha contra la pandemia y desatar el caos. Hasta es probable que consideraran la respuesta popular que obligó a los revolucionarios a salir a las calles.
Tal vez lo que no calcularon bien fue el tamaño de la respuesta, tan fuerte que ellos mismos, para mostrar el supuesto apoyo a las manifestaciones antigubernamentales escogieron como imágenes las muestras de reafirmación revolucionaria de la población. El rechazo popular es lógico, cualquier persona con un poco de dignidad, con independencia de su militancia política, de su condición revolucionaria, tiene que condenar los actos vandálicos y la irresponsabilidad de quienes los ordenaron y de quienes los ejecutaron, porque no atentan solo contra la Revolución, atentan contra la Patria de todos los que merecen llamarse cubanos, más allá de creencias y diferencias ideológicas. Ahora se quejan de la respuesta popular: ¿Qué querían, que los recibieran con rosas o los aplaudieran como hacíamos a las 9 de la noche con los médicos cubanos?
Esperamos que los disturbios no se repitan, pero hay que estar alerta. Habrá que seguir denunciando el bloqueo en todas las tribunas y al mismo tiempo, en todas las áreas del hacer económico social, hacer las cosas bien , lo contrario irrita, estimula el descontento, alimenta las inconformidades, nos deja sin argumentos; habrá que discriminar las actitudes de quienes prohíjan acciones como los disturbios, ser pacientes y enérgicos; junto a la persuasión, aplicar como profilaxis las leyes con apego a la Constitución y hacerlo con rigor: ante los antisociales no nos puede temblar la mano: la tranquilidad ciudadana es condición básica para lograr el clima de paz que Santiago necesita para seguir siendo lo que es y este principio no es negociable.

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