Nostalgias por la tradición popular del pregón

En un comentario publicado en la página (julio, 2019) titulado “El pregón santiaguero: ¿una tradición que se demerita?”, apuntamos: “El pregón es como el piropo, se acepta y se admira si aporta al gracejo popular; se rechaza si es agresivo o soez y, lamentablemente, lo segundo se va imponiendo”. Pretendemos volver sobre esta idea pues este año aunque, como se ha informado, no se realizarán los carnavales de la forma tradicional sino virtual, debido a la situación epidemiológica, hay pregones o al menos simulacros del pregón auténtico, ese que forma parte de las tradiciones populares y no solo del carnaval aunque florezca en este. Por lo anterior comenzamos por reiterar algunas ideas para luego repetir preocupaciones.

Un momento trascendente del carnaval santiaguero es el pregón, robustecido por la feliz idea de dedicarle un Festival dentro del rumbón mayor. Recuerdo con nitidez el de 2011, pues me correspondió cubrirlo. En aquella ocasión apunté: “Los más apegados a la tradición ofrecen sus mercancías, ensalzan la calidad de su origen y las ventajas de su consumo para entretener la vida y cuidar de la salud. Los más audaces sugieren, nombran el producto y aluden a la magia de sus efectos; desde una simple planta apta para combatir la gripe, una fruta que devuelve la paz al estómago, hasta una yerba milagrosa capaz de rescatar o desperezar la virilidad. Forman una cadena multicolor donde predomina el rojo: proponen con imaginación, con respeto, con amor”.

Aproveché la oportunidad para destacar a una figura paradigmática del género: “Con varias décadas en estos trajines, Berta constituye un símbolo de permanencia, de fidelidad al arte popular; es una artista que sabe conquistar al público con sus habilidades comunicativas y su gracia natural: definitivamente, Berta es el pregón. Cuando concluya el desfile, los fieles de siempre y los nuevos adeptos, irán tras ella con la ilusión de comprar alguna fruta, una flor o tal vez una bebida de su propia invención.

Los efectos del pregón son contagiosos; su autenticidad está fuera de dudas: no es casual que poetas de la talla de Nicolás Guillen y Miguel Barnet, hayan alabado sus valores artísticos; para este último el pregón es un capítulo fundamental del folclor criollo, de la riqueza poética del pueblo cubano. El pregón invadió la música y trascendió las fronteras nacionales, alimentó canciones que invitan a degustar las frutas del Caney, a consumir pasteles o un rico panqué; pero, su influencia capital se denomina: «El manisero», la mundialmente famosa canción-pregón de Moisés Simons”.

Aquella reunión de pregoneros convirtió a Santiago de Cuba en una fiesta, en un espacio saludable del verano. Pero: ¿qué sucede en la actualidad? Se ha desarrollado una especie de plaga de anunciantes quienes gritan a voz en cuello, a cualquier hora y en cualquier sitio sus mercancías o informan sobre sus solicitudes de compras. Son pocos imaginativos y con sus alardes corrompen una tradición que nos enorgullece. Cuando retornemos al carnaval tradicional, si se realizan nuevos festivales, ojalá ninguno de estos supuestos pregoneros participe, con soportarlos en el barrio es suficiente.

La situación no se limita a Santiago. Colegas de Radio Rebelde, en “Hablando Claro”, que en 2019 estaba en la programación de la emisora, fueron muy críticos al abordar el asunto en la capital cubana. Para Raúl Menchaca el pregón impositivo y carente de imaginación es un ataque sonoro; para José A. Rodríguez, constituye una manifestación de violencia; para Ricardo Ronquillo, este tipo de pregón degrada y ofende. Cuando uno escucha tales razonamientos se le revuelve la nostalgia y recuerda a Berta la pregonera, en otras palabras, rememora la autenticidad de lo popular.

Volvamos a nuestro Santiago aquí y ahora. El daño que producen los pregoneros en estos tiempos de pandemia sobrepasa lo racional. Lo peores son los ambulantes, que aprovechan y hacen su agosto, aunque estamos en julio. No le basta con los precios agresivos tan de moda, con esquilmar los bolsillos ajenos para engordar los suyos y, como para cumplir con las medidas orientadas para protegernos y proteger a los demás, permanecemos mucho tiempo en casa, no podemos eludirlos; así que tenemos que soportar a gentes que no solo demeritan el pregón como tradición cultural sino que atentan contra la tranquilidad ciudadana e invaden nuestros espacios.

Hay quienes no consideran a estos torpes anunciantes como pregoneros y los descalifican como tales. Las opiniones están divididas; faltaría conocer la de los especialistas. Pero, sea cual sea el modo como los denominemos, lo visible es que contaminan el gusto popular e incluso el modo de ser del santiaguero. En fin estos negociantes afean la imagen de la ciudad. Por eso desde el principio lo calificamos como una plaga dentro de otra: la pandemia. Y, lo más preocupante, estos imitadores del pregón son como las malas yerbas, si las dejamos crecer después no hay modo de extirparlas. Me agradaría conocer sus criterios aunque no concuerden con el mío, creo que se trata de un asunto que merece diálogo, por eso subrayamos nuestra disposición a intercambiar sobre un tema que concierne a la mayoría de los santiagueros.

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