Raúl Gómez García, el maestro y poeta del Moncada

Santiago de Cuba, 16 de jul. –  “Ya estamos en combate”, poema notorio de la poesía social política cubana, que aún hace vibrar de emoción; y su autor, Raúl Gómez García, expresión de fortaleza y sensibilidad al servicio de los más altruistas ideales, son un binomio inseparable cuando se hace referencia a la gesta del Moncada o a la vida y obra del héroe.

Ese último poema para el primer combate, en el que vertió su alma convencido de que no hay gesta sin himno, fue enarbolado por la Generación del Centenario, con Fidel Castro al frente, en la granjita Siboney, pocas horas antes de partir hacia el ataque a la segunda fortaleza de la nación, es decir, hacia la historia.

Aunque nació en La Habana, el 14 de diciembre de 1928, en cuyo honor se celebra en esa fecha el Día del Trabajador de la Cultura, su cercanía afectiva e histórica con Santiago de Cuba fue muy grande desde que este maestro,  poeta  y periodista fuera uno de los 135 asaltantes en la epopeya.

Tiempo convulso y de definiciones, ese julio de 1953, el joven de  24 años recibió de Fidel  la tarea más trascendental de su vida revolucionaria: redactar el Manifiesto a la Nación, aquella proclama que, en nombre de la Generación del Centenario, sería dada a conocer al pueblo de Cuba, cuando por fin tuviera lugar la primera gran acción del movimiento.

Escribir el Manifiesto era una tarea peliaguda. Fidel había explicado a Gómez García las ideas esenciales, las mismas que todos compartían; y confiaba en quien desde el primer momento integró el núcleo fundador y dirigente del movimiento.

En su condición de periodista y de intelectual de profundas raíces martianas y revolucionarias, sería una vez más capaz de poner en blanco y negro sus convicciones, por las que -por primera vez- iban a la pelea con las armas en las manos.

Él estaba probado desde mucho antes. Como fundador y director del periódico Son los Mismos, en la primera mitad de 1952, había expresado sus cualidades al frente de la redacción, y se había revelado pensador político de alto vuelo y excelente comunicador, con el seudónimo de “El Ciudadano”.

Al incorporarse Fidel a ese grupo, y proponer la salida de El Acusador, Gómez García mantuvo su autoridad como director de la nueva publicación clandestina, y Fidel, como su orientador político, sabía que era suficiente con situar las líneas fundamentales que debían trasmitirse.

En el apartamento de Abel y Haydée Santamaría, en 25 y O, en el Vedado, convertido en el puesto de mando del Movimiento, en una pequeña máquina de escribir, que aún atesora el Museo Abel Santamaría, Raúl Gómez escribió con pasión la obra urgente.

Asaltantes que sobrevivieron a la epopeya han recordado, en numerosas  entrevistas, que ya en la Granjita Siboney, después que Fidel les informó sobre los pormenores de la acción que en unas horas los incorporaría para siempre a la historia Patria, Raúl Gómez García leyó emocionado su épico poema “Ya estamos en combate”. 

Pero lo cierto es que sus mejores acordes resonaron bien alto aquella mañana de la Santa Ana, contra los muros de la otrora fortaleza militar santiaguera.

Raúl estudió Derecho, hasta el segundo año y también Pedagogía  -que no llegó a concluir- en la Universidad de La Habana. En esa época trabajó como maestro en el colegio privado Baldor, uno de los más exclusivos, en la capital cubana, al que solo iban alumnos de familias de amplios recursos económicos.

Aunque la dirección del centro educacional lo empleó por sus amplios conocimientos, no lo incorporó a la plantilla como personal fijo, pues los propietarios del plantel sabían de sus ideas a favor de los cambios sociales que necesitaba el país, que no eran precisamente las que ellos  respaldaban.

El joven que abrazó con igual pasión el magisterio y la poesía,  constituye un ejemplo para las nuevas generaciones que como él, en su tiempo, tienen la posibilidad de engrandecer la Patria con la misma intrepidez y disciplina de Gómez García.

Ese es el compromiso de sus seguidores: mantener vivo a quien perdió la vida, después de ser cruelmente torturado, en la acción del Moncada, tal como señalara, “por su honor de hombre”.

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