Riesgos al nombrar las cosas

Santiago de Cuba, 25 de may. – El título suele predisponer al lector en un sentido u otro. Hay textos literarios que, además de ser buenos libros sus títulos incitan a la lectura; tal es el caso de conocidas novelas latinoamericanas como: Maldición eterna para quien lea estas páginas, de Manuel Puig; “Tres tristes tigres”, de Cabrera Infante; “La consagración de la primavera”, de nuestro Alejo Carpentier o “Crónica de una muerte anunciada”, de Gabriel García Márquez.

Eso sucede en la literatura, un fenómeno similar se detecta en el periodismo, solo que es más peligroso porque hay lectores de títulos; si el titular no los convence, no leen, así de sencillo. El periódico Juventud Rebelde, descuella entre otras razones, por sus buenos títulos. Una muestra sumaria: “Soluciones estúpidas”, o “Giros que no giran”, de José Alejandro Rodríguez; “Yo me fajo¿y usted?” o “Pedimento”, de Luis Sexto o los ensayos “El orgasmo a la orden” o “Culto por el desastre”, de David Reuben y Luis R. Vázquez, respectivamente.

Leer un periódico o un libro es opcional aunque necesario. Lo que no es opcional es levantarse y acostarse con un nombre puesto por alguien y con el cual debemos andar toda la vida. Y hay nombres terribles, difíciles de escribir y de pronunciar aunque supuestamente están en español.  Lo que pueda la lengua o el lenguaje.

Los apellidos son más confiables y no nos lo pone nadie: presumimos que nos corresponden. Los nombres son aleatorios. Alguien nos hace el favor de endilgarnos un apelativo escogido muchas veces caprichosamente y ni nos enteramos del acierto o la pifia. Damos el primer berrido y nos nombran, hacen un nuevoestablecimiento y lo nombran. Así de sencillo.

Ante la hemorragia de nombres raros, preferiblemente  iniciados con Y, pobre letra, adopté la precaución de poner en el registro de asistencia una X si el estudiante era varón  y dos si era hembra. Pero, actualmente, este asunto es un problema menos; deseché la iniciativa por disfuncional. Ahora me concentro en tratar de recordar los nombres de mis alumnos que se llaman Anyinza,Yunisiel, Rubislandia, Yanislaidis o Dismaris.

El nombre es tan problemático que hay quienes se inventan uno artístico para escapar del que le pusieron al  nacer. El asunto es tan importante que hay partidarios de que se legalice, de que  haya una ley para ordenar el desparpajo. La idea no me agrada: propensos como somos al burocratismo, del cual somos usufructuarios onerosos, la adopción de una ley implicaría gastos de tiempo, de papel o de saliva. Meternos en un proyecto que puede terminar en un fracaso no me parece aconsejable.

Prefiero que apelemos a la gente, al sentido común, aunque como dijo un gran poeta es el menos común de los sentidos. Prefiero apelar a quienes tienen la responsabilidad de nombrar las cosas y pedirles que no carguen al otro con un nombre que lo estigmatizará toda la vida. Pedirle que tengan conciencia  que los nombres son un gravamen adicional, y con los existentes basta.

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