Rumbo a la Nueva España

Santiago de Cuba, 5 de feb. – Uno de los mayores conocedores de la historia de la conquista de México es el cronista Bernál Díaz del Castillo que había llegado a la isla de Cuba con la licencia de su adelantado Diego Velázquez y las promesas de entregarle a el y otros de sus coterráneos, tierras e indios, promesa que quedó incumplida y al cabo de los tres años de estar en la villa de Santiago de Cuba, se enrola en la expedición del capitán Francisco Hernández de Córdoba hacia el descubrimiento de nuevas tierras.

La expedición de Hernández de Córdoba zarpó de La Habana el 8 de febrero de 1517. Como dice Bernál Díaz, la componían algo más de un centenar de hombres que viajaban en tres navíos, cuyo piloto principal era Antón de Alaminos. Desembarcaron en la península de Yucatán, a la altura del cabo de Cotoche y ahí fueron combatidos por los nativos; por esta causa continuaron la navegación hasta Campeche y Champotón donde nuevamente fueron atacados. En esta refriega tuvieron los españoles cerca de cincuenta muertos y algunos heridos, entre ellos el mismísimo Hernández de Córdoba.

Dadas estas lamentables circunstancias unido a la carencia de recursos Hernández de Córdoba hace retornar la expedición y regresa a Cuba. Fue ésta la primera exploración de las costas mejicanas.

La segunda expedición estuvo a cargo del capitán Juan de Grijalva, pariente del gobernador Diego Velásquez. Las noticias proporcionadas por Hernández de Córdoba entusiasman a Velásquez a realizar un nuevo intento de conquista.

Para esa misión el adelantado Velázquez preparó cuatro navíos que puso bajo las órdenes de Grijalva. De nuevo era el piloto Juan de Alaminos. Zarparon de Cuba el primero de mayo de 1518 y llegaron cuatro días después a la isla de Cozumel. Recorrieron las costas de la península de Yucatán hasta Campeche, llegando a fines del mes al Puerto Deseado, en la Laguna de Términos, a este lugar llamó Grijalva, Nueva España, nombre que Cortés, más tarde, impondría en sus cartas.

Al continuar la navegación desembarcaron en la isla que llamaron San Juan de Ulúa. Siguieron hasta Panuco hallando en todas partes poblaciones y terrenos cultivados. Pensó Grijalva entonces que todo debía formar parte de algún imperio, para cuyo sometimiento él consideró que no contaba con medios suficientes en armas y alimentos. Regresó a Cuba después de seis meses de ausencia. Esperaba reunir mayores fuerzas para emprender la conquista. Pero Diego Velázquez lo recibió con frialdad, casi lo acusa de cobarde e inepto y para la nueva empresa buscó otro capitán.

Ya sabía el gobernador Diego Velásquez que la nueva España estaba conformada por tierras ricas por lo que ordenó enviar una buena armada, mucho mayor que las dos anteriores y para ello tenía ya a punto diez navíos en el puerto de Santiago de Cuba. Abasteció los buques con pan cazabe y tocinos pues por lo reciente de la fundación de la villa, no había ganado vacuno ni carneros y esa carga seria incorporada en la Habana, donde se culminaría de hacer todo el matalotaje.

Muchas fueron las opiniones para la elección del nuevo capitán, se manejaban los nombres Vazco Porcallo o el mismo Diego Velásquez otros decían que podía ser Agustín Bermúdez, o Antonio Velásquez Borrego, o Bernardino Velásquez, parientes del gobernador, y muchos pedían volviese a capitanear el mismo Juan de Grijalva porque era buen capitán y era sabio en el mando.

Sin embargo dos grandes amigos privados de Diego Velásquez: Andrés de Duero, secretario del mismo gobernador, y Amador de Lares, contador de Su Majestad, se reunieron secretamente y trajeron consigo a un hidalgo que se decía Hernando Cortés, y de esa manera le otorgan a Hernando Cortés la capitanía general de toda la armada, esta vez Diego Velásquez lo enviaba a rescatar, saquear y hacerse de fortuna y no a poblar.

Hernán Cortés comenzó a buscar armas: escopetas, pólvora y ballestas, y todos cuantos pertrechos de armas pudo haber, el egocentrismo del nuevo capitán era tanto que se puso un penacho de plumas, con su medalla y una cadena de oro, y una ropa de terciopelo, sembradas por ella unas lazadas de oro. Luego mandó hacer dos estandartes y banderas, labrados en oro con las armas reales y una cruz de cada parte, con un letrero que decía: ¡Hermanos y compañeros: sigamos la señal de la Santa Cruz con fe verdadera, que con ella venceremos!

Cortés escribió a todas las villas a sus amigos para que se aparejasen para ir con él aquel viaje, unos vendían sus haciendas para buscar armas y caballos, otros hacían pan cazabe y tocinos para matalotaje, y colchaban armas de algodón y se apercibían de lo que habían menester lo mejor que podían.

Se cuenta que a Diego Velázquez no le agradó en nada las bufonadas del Capitán y mucho menos enterarse que el mismo Cortés ya decía que seria el Adelantado de la nueva España y no Velázquez como le había hecho prometer. Trató el gobernador de frenar la expedición pero ya las cartas del rey estaban en poder del excéntrico Cortés y con premura partió del puerto de Santiago de Cuba, hacia trinidad y luego a la Habana.

Fue el diez de febrero de 1519, después de haber oído misa, hincharon las velas con nueve navíos por la banda del sur, y dos navíos por la banda del norte, once en total y en uno de ellos quien mejor contó esta parte de la historia: Bernál Díaz del Castillo.    

Por: Santiago Carnago

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