ADELA NO PUEDE NI DEBE QUEDARSE EN CASA, pero quiero que se sume a la Campaña…

Adela Reguieferos Gonzalez, descendiente de una familia campesina en los altos de Matayegua, siempre ha recordado los momentos del paso del ciclón Flora con gran pesar, evocando en el cada día a su madre pariendo sin comadrona, por si sola, y de inmediato con un sólo llanto fuerte de la criatura, se perdía la vida de su hermana recién nacida por No poder sobrevivir en la casita de guano a las inclemencias del tiempo.

Con sus pocos años por aquel entonces, escuchaba a su padre y a su abuela sollozar unidos uno con el otro, implorando porque aquella fuerza sobrenatural cesara, en sólo una noche que se convertía en eterna para sus familiares que, acurrucados en el despojo de la casita de guano, querían acercar el amanecer…

A ella, aún sin darle mucha importancia al hecho, se le desbordaban los ojitos y sus manitas se estropearon ante el deseo, quizás de ayudar a controlar los desesperos de aquellos llantos, que nunca ha olvidado aún cuando, sin acabar de amainar la lluvia que dejaba tras sí aquel fenómeno, ya tenían el auxilio de unos milicianos que le trasladaban de allí para nunca más volver, pues al llegar todo a la normalidad, con la fase de recuperación, tenían una vivienda confortable, que luego con los años, permutaron para la ciudad santiaguera…

Y Nos cuenta este relato porque hoy sigue teniendo la confianza en el Gobierno cubano que busca proteger a su pueblo en momentos de desastre como lo es esta pandemia sin igual a lo que ella ha visto…  “Esto es peor que aquel ciclón que duró horas mientras esta No se sabe cuándo acaba y lo más triste es que NO todos tienen la real percepción del riesgo”, nos decía entristecida…

Hoy con sus 66 años, y dentro del llamado grupo vulnerable, ha sentido el pavor de la negligencia de muchos que todavía se aglomeran o están cerca unos de otros, y lo peor fue ver cómo en una guagua y tras el chofer indicar que todos debían subir con el nasobuco puesto, unos hombres “maduros” esos a los que llamamos “de cierta edad”, se colocaban un pañuelo que luego, al subir al ómnibus, se quitaban y lo guardaban, uno de ellos sonreído… Y se preguntaba… ¿De quién se reiría,  de su posible contaminación?… ¿A quién todos ellos pretendían engañar al chofer o al virus?…

Recordaba esta vez esos momentos de su niñez dándose cuenta que no se trata de un ciclón que duró con fuerza una noche para dejar desastres incalculables pero recuperables… Ahora resulta que un virus con corona siempre presente, ha hecho una “mutación”, me decía que la perdonara si no era ese su nombre, que su cese dependerá de las acciones responsables del hombre en la tierra, un hombre y una mujer que deben hacer loas a la Campaña… QUEDESE EN CASA…

Claro… Ella No puede quedarse en su hogar porque, como enfermera recién jubilada, busca nuevamente el encuentro con sus compañeros de fila, para en momentos como éste, estar junto a ellos en una colaboración desinteresada…  Nasobuco puesto, guantes nuevos, apoyándoles con la esperanza de creer que como cuando Flora, todo tenga para la familia cubana, un final feliz…

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