Santiago a un año de la aprobación de Carta Magna

Santiago de Cuba, 19 de mar. – Parece como si el tiempo volara. Ya los cubanos celebramos el primer aniversario de la aprobación de la Constitución de la República de Cuba, el 24 de febrero del pasado año. Fue un proceso de amplia participación popular que culminó con el referendo donde la gran mayoría de los electores dijeron sí a la nueva Ley de Leyes: votaron por la continuidad del proyecto revolucionario cubano. Quise escribir antes sobre el tema, pero la salud no ayudó, así que pido disculpas. Escribo ahora porque me parece se trata de un hecho que por su significación no debemos obviar.

En Santiago de Cuba, como en el resto del país, el proceso electoral se organizó con suficiente antelación. Las cifras son relevantes: participaron más de 80 mil autoridades electorales previamente capacitadas, se habilitaron  2 614 colegios, donde las personas ejercieron su derecho al voto libremente, depositaron las boletas en urnas custodiadas por pioneros –estudiantes de las enseñanzas primaria y media, vestidos con  sus uniformes escolares-, quienes atendieron a casi 800 mil electores.

Aprobada la nueva Carta Magna vinieron los nuevos retos. Su aprobación significó al mismo tiempo continuidad y cambio: pues sus implicaciones trascendieron ampliamente el acto de votar. La nueva Constitución implicó nuevos procesos. El Parlamento cubano en sus sesiones a fines del año pasado demostró que el país cumple puntualmente con lo establecido en las disposiciones constitucionales. Ya se eligieron al primer ministro, a los gobernadores, vicegobernadores e intendentes quienes tienen el encargo social de trabajar por consolidar la institucionalidad y garantizar, en los municipios la autonomía que la Constitución le concede.

La nueva Ley de Leyes es una herencia de la tradición constitucionalista cubana: también en este aspecto somoscontinuidad. Como señalan varios estudiosos, entre ellos el historiador Torres Cuevas, lanacionalidad cubana cuaja a partir de la lucha por la independencia que comienza en 1868, se afirma en la Guerra de 1895. Cuba tenía un territorio común, un idioma común, una psicología nacional colectiva y una conciencia autóctona con su rosario de mártires y la construcción imaginaria y simbólica de la cubanía.

De manera que se forjó una nación cuyo problema esencial era la carencia de un Estado Nacional. El aparato jurídico que toda nación requiere no logró establecerse a pesar de los tempranos esfuerzos por lograrlo desde la Constitución de Guáimaro (1869) hasta el final de la Guerra de los Diez Años. La revolución de 1895, organizada por José Martí, el Héroe Nacional de Cuba, tampoco logró concretarlo porque la intervención norteamericana lo desvió   hacia los intereses del capitalismo estadounidense. Este proceso cuajaría definitivamente con el triunfo de la Revolución genuinamente antimperialista el 1 de enero de 1959.

Enfatizamos en estos criterios para insistir en que el movimiento hacia la constitucionalidad es uno y la nueva Carta Magna con sus adecuaciones a las nuevas realidades le da continuidad; lo anterior subraya el hecho de que la Revolución Cubana se asume como una totalidad desde los inicios en 1868 hasta nuestros días, donde el nuevo aparato jurídico viene a consumar anhelos preteridos, objetivos no conseguidos, aspiraciones frustradas.

Quizás este hecho contribuya a subrayar conceptos que todos deben respetar, como el culto a la dignidad, a la sensibilidad, al respeto por el otro, por estos y otros elementos que contribuirán a la prosperidad, a la grandeza espiritual del cubano, a preservar el espíritu de nación. Quise resumir los criterios anteriores porque el proceso legislativo vigente debe entenderse no solo como un problema jurídico, sino como una instancia política, en la cual todos tenemos alguna responsabilidad, por eso insto a meditar con humildad sobre lo que cada ciudadano, sea quien sea,  debe hacer: ahí está la base de la continuidad y el desarrollo.

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