Sembrar la gentileza de nuestros hijos e hijas

Santiago de Cuba, 9 de mar. – La gentileza en término de hábitos se educa en la familia y se instruye en el centro escolar.

Cuando una niña o un niño nace, toda la familia lo contempla con el propósito de reconocer sus rasgos de parecidos. Luego en su desarrollo desde edades tempranas existe el compromiso de transmitirle los valores que lo acompañarán durante toda la vida.

El nuevo ser humano engendrado es nuestra hechura familiar, de ahí el delicado proceso de acompañamiento en la construcción de su subjetividad como ser humano.

La gentileza responde al terreno de los valores que deben educarse de manera profunda en los niños y niñas desde edades tempranas, por ello, en medio de los apremios  laborales y domésticos  de la vida diaria, se impone encontrar todo el espacio necesario para meditar acerca del presente y futuro de nuestros hijos.

La educación en este sentido, es encargo en primer término de la familia, como eje sustantivo del desarrollo humano, cuya la instrucción se sistematiza en el centro educativo desde la edad escolar.

Sin embargo, en contextos tan cambiantes, donde muchos valores parecen tambalearse, desde las pequeñas edades, los niños y las niñas deben ser educados e instruidos para que puedan exhibir este valor entre tantos otros necesarios.

Un ejemplo inexcusable por exponer alguno es el comportamiento que acontece de manera invariable en los medios de transporte de pasajeros, donde existen asientos para embarazadas, mujeres con niños en sus brazos, ancianos y personas minusválidas.

Esto sugiere preguntas inquietantes: ¿Es esto necesario? ¿Se ha perdido la gentileza? ¿Es adecuado el señalamiento de determinados asientos para casos específicos?

La respuesta está dada en que hay un número importante de personas que carecen de este valor desde el cimiento familiar.

Lo que sí está claro es que hay que entender que para el futuro que tanto deseamos, no podemos darlos el lujo de seguir educando e instruyendo generaciones desprovistas de este valor. 

Por: Mayra Elena Salas Vinent

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