Ser solidario es crecer como ser humano

Santiago de Cuba, 20 de mar.- El Héroe Nacional de Cuba José Martí, anticipándose como siempre a épocas, fenómenos y prácticas, había expresado o, mejor dicho, había enseñado:

“No desearlo todo para sí, quitarse algo de sí para que toque igual parte a todos, es valor que parece heroico”.

Una mirada a ese pensamiento martiano en el contexto actual, muestra con meridiana claridad que todavía la solidaridad tiene muchos resquicios en nuestra cotidianidad, en el sentido de ser equilibrado como persona y compartir lo que tenemos y hasta lo que nos queda, aunque sea muy poco.

Ese lindo sentimiento, esa actitud ante la vida requiere enraizarse en la familia que se forma y educa hoy, con énfasis en los hijos y nietos, en la urgencia de desterrar acciones egoístas  y ambiciones personales,  que, a la postre, reducen al mínimo la dimensión verdadera del ser humano  y lesionan proyectos sociales de mayor envergadura. 

La solidaridad expresa una idea de unidad, cohesión, colaboración, y su práctica está ligada a un sentimiento tan universal como el amor.

Ser solidarios es ser generoso, dadivoso, desprendido e, incluso, espléndido; reciprocar actitudes y acciones que en lo más profundo de cada cual engrandecen el espíritu y el paso por la vida de cualquier hombre o mujer.

Educar a los niños, niñas, adolescentes y jóvenes en ese sentimiento es una responsabilidad y también una necesidad  de la de la familia y de la escuela, con el propósito de lograr una formación más integral  de cada generación, y de preservar los más auténticos valores que  fortalecen los cimientos  de  la sociedad.

Sin embargo,  hay hechos en la comunidad que denotan fisuras en ese aspecto, como cuando los vecinos no comparten los frutos de una mata de guayaba o de mango, como era costumbre en los tiempos de mi abuela, sino que los venden, o cuando dan la espalda en vez de socorrer a quien los necesita  ante determinada situación o percance.

 Otras  actitudes reprochables se revelan en lugares o servicios públicos, donde no cedemos el asiento del ómnibus, ni el puesto en una cola  de la bodega o del banco  a una anciana o a una embarazada,  demostrando pobreza de espíritu y descortesía.

Se manifiesta, en el peor de los casos, en aquellos que acaparan productos de bien colectivo y hasta de primera necesidad ante la escasez de algunos recursos propios de un país con dificultades en su desarrollo económico, agravadas por el criminal bloqueo económico, comercial y financiero de los Estados Unidos contra la Isla.

No es una crítica a ultranza para herir a nadie,  aspiramos a una mayor sensibilidad y comprensión ante nuestros propios problemas, para encontrar soluciones que, a veces,  están en nuestras manos, de esa manera  preservaremos  valores sagrados  que valen mucho más que todo el dinero del universo y el disfrute individual.

La solidaridad es una virtud contraria al individualismo y al egoísmo,  trasciende a todas las fronteras: políticas, religiosas, territoriales, culturales, y está llamada a impulsar los verdaderos vientos de cambio que favorezcan el desarrollo de los individuos y las naciones.

Es un sentimiento vital en una sociedad como la construida en Cuba a raíz del triunfo de la Revolución, que es necesario fomentar no solo hacia fuera,  sino  hacia adentro, para  arraigar  valores y preceptos que hagan culto a una vida edificante desde la cuna y el hogar.

Por: Aída Quintero Dip

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