El arte verdadero

La Covid-19 entró de manera vertiginosa en nuestras vidas, apenas un día nos levantamos con la nube negra sobre nuestras cabezas, en solo segundos se nos inundaban las plataformas mediáticas de cifras y alertas, bastaron solo momentos para detener al mundo y con ello, para algunos, la vida.

Se arrinconaron los sueños de muchos, las aspiraciones de tantos, las metas de todos y se transformaron los espacios y los colores cambiaron para los lienzos y los acordes para las guitarras. Las tintas sobre el papel ya no se novelaban ni mucho menos. El poeta taciturno tropieza con nuevos verbos y otras imágenes y el trino afónico se trastoca, hasta hacerse grito de dolor y pena.

La pandemia nos intranquiliza, se estremece el canto pero se canta, tiembla el pincel pero se pinta, tartamudea el poeta pero logra decir sus versos, ahora con una carga diferente, pero con la misma seducción de siempre.

La belleza trasmuta en más belleza y el abrazo, que ahora es incierto y lejano, se ha convertido en un hálito de solidaridad infinita, se llora por los demás con el alivio de haber soltado las amarras del corazón, se cuentan los minutos para los más cercanos a la muerte y se convierten en manecillas de nuestros propios relojes. Se aplaude al agraciado junto a quienes le otorgaron la dicha del regreso.

El arte no se detiene, porque como se dijo alguna vez, y no sé ni quien, ni cuando, ni como: “El arte verdadero nace del sufrimiento. Para crear y manifestarse plenamente necesitas cierta estabilidad emocional. Pero, antes, la fuente es el dolor, las dificultades, la experiencia…”

Es razón, porque se inundan los pentagramas de maravillas, de pronto son mejores los textos hasta de las peores formas de hacer música. Son ideas y genialidades expresadas en todos los formatos de amor y hermandad.

Parece que con el nueva coronavirus llegó esa inestabilidad en las emociones y cada mañana nos despertamos con la amenaza de ser el próximo desafortunado y brota en un manantial de alucinaciones, el poder creativo de nuestro arte.

Y por ello vuelvo a la carga y me duelen las manos y me arden los ojos, se me une la madrugada al destello del día, pero sigo registrando anécdotas de vida, ideas para decir a los niños, para mí y para mi gente, pero sobre todo para revelarnos y no transigir con la derrota.

Insisto con mi mejor manera de insistir, que respetemos las normas de cuidado social. Que desde dentro la vida se hace más cálida y segura, que la calle hoy no tiene versos, ni los parques romances, ni las playas calidez en sus aguas.

Nos ronda el infortunio, pero aun así el privilegio de tener mucho amor en esta isla pequeña y grande, tan pobre como el más acaudalado magnate que no llega a llorar por su gente y no aplaude a sus galenos porque le faltan manos a su alma. Que no rasga el mejor de sus vestidos para proteger con un sencillo naso buco la vida de otros.

Ese es nuestro arte como pueblo, el verdadero arte de la misericordia y la solidaridad, el mejor poema de amor y el inmenso canto a la vida que merecemos porque “Somos Cuba”

Escrito por Santiago Carnago López

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