Solidaridad: “…valor que parece heroico”, dijo Martí

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Santiago de Cuba, 28 de nov.- Cuba atesora una rica tradición solidaria como una de las virtudes más  generosas  y necesarias del ser humano, puesta de manifiesto desde las luchas por la independencia nacional que deviene hermoso legado para las nuevas generaciones.

  Una de sus expresiones más impactantes en la actualidad se expresa en las misiones médicas que cumplen los profesionales de la salud en diversos países, donde se les reconoce como el ejército de batas blancas que esparce bienestar y vida, ejerce con calidad y un desinterés desconocido hoy en muchas partes del  planeta.

  La palabra solidaridad posee su propia magia y puede mover el mundo mediante voluntades, políticas, movimientos;  tiene poder cuando de aunar  empeños se trata, como la tenaz lucha del pueblo cubano por la liberación de los Cinco Héroes que fueron encarcelados injustamente en los Estados Unidos, por ser antiterroristas.

Anticipado como siempre a épocas, fenómenos y prácticas, José Martí había expresado  o -mejor dicho- había enseñado: “No desearlo todo para sí, quitarse algo de sí para que toque igual parte a todos, es valor que parece heroico”.

Una mirada a ese pensamiento martiano, refleja con meridiana claridad que todavía  la solidaridad tiene muchos resquicios en nuestra cotidianidad, en el sentido de compartir no solo lo que nos sobra, sino -sobre todo- lo que tenemos y hasta lo que nos queda.

Es preciso educar a la familia, con énfasis en los hijos y nietos, en la urgencia de desterrar acciones egoístas  y ambiciones personales,  que, a la postre, reducen al mínimo la dimensión verdadera del ser humano y lesionan proyectos sociales de mayor envergadura. 

La solidaridad expresa una idea de unidad, cohesión, colaboración, y su práctica está ligada a un sentimiento tan universal como el amor.

Ser solidarios es ser generoso, dadivoso, desprendido; reciprocar actitudes y acciones que en lo más profundo de cada cual engrandecen el espíritu y el paso por la vida de cualquier persona.

Educar a los niños, niñas, adolescentes y jóvenes en ese sentimiento es una responsabilidad y también una necesidad  de la escuela y de la familia, en aras de lograr una formación más integral de cada generación, y de preservar los más auténticos valores que  fortalecen los cimientos  de  la sociedad.

Sin embargo,  hay hechos en la comunidad que denotan fisuras en ese aspecto, como cuando los vecinos no comparten los frutos de una mata de guayaba o de mango, como era costumbre en los tiempos de mi abuela, sino que los venden, o cuando dan la espalda en vez de socorrer a quien los necesita ante determinada situación o percance.

Otras  actitudes reprochables se manifiestan en lugares o servicios públicos, donde no cedemos el asiento del ómnibus, ni el puesto en una cola  de la bodega o del banco  a una anciana o a una embarazada,  demostrando  pobreza de espíritu y descortesía.

No es una crítica a ultranza para herir a nadie,  aspiramos a una  mayor sensibilidad y comprensión ante nuestros propios problemas, para encontrar soluciones que, a veces, están en nuestras manos, de esa manera  preservaremos  valores sagrados  que valen mucho más que todo el dinero del universo. 

La solidaridad es una virtud contraria al individualismo y al egoísmo,  trasciende a todas las fronteras: políticas, religiosas, territoriales, culturales, y está llamada a impulsar los verdaderos vientos de cambio que favorezcan el desarrollo de los individuos y las naciones.

Es un sentimiento valioso en una sociedad como la construida en Cuba a raíz del triunfo de la Revolución, que es necesario fomentar no solo hacia fuera,  sino  hacia adentro, para  arraigar  valores y preceptos que hagan culto a una vida edificante desde la cuna y el hogar.

Por: Aída Quintero Dip.

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