Tres tiempos posteriores al sueño

Santiago de Cuba, 14 de may. – Te despiertas bien temprano y te alegras de estar vivo. Intentas hacer el menor ruido posible, sintonizas Radio Mambí, la emisora de la ciudad, muy bajito. Te aseas en forma. Desayunas atento a la cafetera que hace su trabajo. Mueves el dial para Radio Rebelde donde te enteras de lo que ya sabías: el mundo padece de esquizofrenia global. Tomas café, prendes un cigarro, revisas el plan de trabajo: hoy es lunes 18, un día complicado. Sigiloso sales a la calle, a la vida.

Llegas a la parada, unos minutos y pasa el ómnibus, te bajas en la Universidad de Oriente donde tienes el primer turno de clases. Los estudiantes del grupo de periodismo están presentes, salvo Amelia quien está enferma, eso te informan tus alumnos que  hoy no tienen ninguna marcha. Preguntas sobre la lección anterior; recibes buenas respuestas, creativas. Concluyes la clase y te dices que vale la pena vivir.

El sábado 24 te levantas antes de que el despertador suene. Realizas las acciones matinales habituales. Desayunas con desgano porque el pan nuestro de cada día está suficientemente duro. Piensas en comprar un pan especial de cinco pesos, que vende una señora amable quien pasa a esta hora y con su silbato y su pregón acaba con el sueño del más lerdo. Tú estás despierto pero los bolsillos no: estamos casi a fin de mes. Te arrepientes de la compra y terminas de desayunar.

Vas a pie para la oficina. Enciendes la computadora, revisas el cast mundial de Prensa Latina. Compruebas nuevamente que vivimos en un mundo anárquico. Concluida la revisión sales, tomas hacia la esquina donde hay un grupo de kioscos particulares agrupados en un lugar que se llama La Candonga. Venden productos alimenticios, no siempre de la mayor calidad. Mira las ofertas, la variedad es tan impresionante como los precios. Retornas a la oficina.

Como hoy es domingo, te levantas más tarde que de costumbre aunque estas despierto desde las seis. Para proteger el sueño de los otros en vez de encender la radio prendes el televisor, muy bajito. Las noticias internacionales que trasmite Telesur no son halagüeñas. Apagas el aparato, te bañas en el patio, para no despertar a nadie y cuando te dispones a desayunar tu esposa te informa que el pan no ha llegado. Pero hay café y cigarros, piensas.

Organizas el día y los papeles y te sientas a escribir, en la cocina. Debes enviar un ensayo para la revista Santiago, publicación que impone  exigencias que no deben mentarse en una crónica. Recuerdas el eslogan de Carlos, tu amigo y compañero de trabajo, quien repite incansablemente: todo está bien. Te  dispones a escribir en firme cuando sientes la música.

Tus vecinos más cercanos están contentos y aunque son menos de las 8 am ponen música alta, bien alta, unas canciones tan interesantes que no dicen nada. Sientes una sana envidia: el español es muy rico y tu muy pobre: nunca has logrado escribir siquiera un párrafo que no diga nada. En este aspecto tus vecinos van delante, bien delante. Menos mal que la música con que castigan oídos propios y ajenos no es cubana.

¿Quién habrá inventado los domingos? Apagas la computadora y sales a la calle, al barrio. Te saludan y saludas. Cuando pasas por el parque te encuentras a Pablito, un amigo, quien invariablemente te pide un cigarro, pero hoy engorda la solitud: coronel, te dice, necesito un peso. En venganza le das un cigarro Popular, de los baratos y  le aclara que lo del peso no sale: estamos a fin de mes. Él te responde burlón como siempre:

-General, sé que estamos a fin de mes. Yo subo los cargos, pero no los salarios.

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