Un padre parecido a la verdad

Santiago de Cuba, 16 de jun. – Solías callar, no fuiste un hombre de abrazos y probablemente no hubiera aprobado estas líneas, pero es mi deber hacerlas. Jamás hablabas de ti mismo, de tu pasado. Lo que sé lo rescaté a pedazos de la memoria ajena.

Eras reacio al elogio, preferías el silencio a la palabra. Aun no se sabe cómo viniste siendo un adolescente a estudiar a Santiago de Cuba. Como no pudiste hacerte técnico medio te conformaste con ser obrero calificado. Tampoco se sabe como, sin mediar gestión alguna, te hicieron  dirigente obrero.

Sí sabemos que sicarios de la tiranía pro imperialista de Fulgencio Batista, que enlutó al país, asesinaron a uno de los jefes del sindicato de trabajadores portuarios y te señalaron como próxima víctima. Fue en 1958 y alguien  a quien no identifico, pero debió ser muy persuasivo, te convenció para que te fueras a tu terruño, a Soledad de Mayarì, donde se celebró el Primer Congreso Campesino en Armas. Tu tío Mingo quiso que te escondieras, pero  aunque eras disciplinado, desobedeciste.

Había un sargento, jefe de la guardia rural, famoso por sus desmanes. Pretendía abusar de una de las trabajadoras de la despulpadora de tu tío y lo impediste. Primero con palabras, pero el sargento era testarudo, y cuando se llevó la mano al cinto, le diste un derechazo. Mi padre, Romárico, tenía una derecha portentosa: de un golpe derribó a un mulo también famoso por su desidia. Hay testigos.

Te fuiste al monte a juntarte con los rebeldes. Apenas combatiste porque el entonces Comandante RaúlCastro, el jefe del Segundo Frente Oriental Frank País, anunció que se había acabado la guerra. No tuviste que usar la única arma con que te presentaste: un machete. A los dos meses de incorporarte, triunfó la Revolución encabezada por su Líder Histórico: Fidel Castro. Fue el 1 de enero de 1959. Algunos de tus compañeros se fueron para La Habana, pero te quedaste.

En un lugar llamado Los Maizales construiste tu hogar el nuestro. El  tío Mingo ayudó e hicieron una casa con paredes de tablas, techo de zinc y piso de cemento pulido, un palacio en aquella época en la cual los campesinos hacía su casuchas de guano para que se las llevara el ciclón. Cuando pasó el Flora acabó con casi todo y no dejó una casa en pie salvo la nuestra. Antes, en esa misma casa, vivió María Josefa, la alfabetizadora, primero; la amiga, después.

Luego cada quien tomó su rumbo. Tú como jefe de lote de fincas cafetaleras. Yo como estudiante. Cuando te separaste de mamá, iba todos los meses a verte y a buscar la manutención. Me pasabas la mano por la cabeza, me dabas el dinero y de paso algunos consejos lapidarios. Aunque despreciabas las palabras me hablabas de agradecimiento, de fidelidad, de esfuerzo. Me despedías con un abrazo, y ese gesto bastaba.

Un mal díallegó la noticia. Tus compañeros de La Maya, un poblado cercano a Santiago de Cuba, en el cual eras representante de los combatientes, se ocuparon de todo y querían que te enterráramos allá.

En nombre de la familia dije que no y te enterramos aquí, en el cementerio Patrimonial Santa Ifigenia. Ni aún el Día de los Padres visito tu tumba: tú no lo habrías aprobado y si me atrevo a escribir estas líneas en tu honor es simplemente porque lo mereces.

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