Una firma, por favor

Santiago de Cuba, 24 de abr.- No tengo la menor idea de quién, cuándo y dónde se inventó la firma. De lo que estoy seguro es que el autor de tamaña invención si atravesara la maraña burocrática que contamina la vida del cubano de hoy, no saldría ileso. Probablemente se arrepentiría cumplidamente de su terrible hallazgo o por los menos se ruborizaría.

Sucede que a usted le está reservada la suerte de llevar a firmar un contrato a una empresa, digamos Acopio Santiago de Cuba; un contrato del Fondo de Bienes Culturales, institución especializada en cobrar precios altos por el simple de hecho de representarlo, en pedir documentos y firmas, muchas firmas. Ojalà fueran igual de exigentes a la hora de pagar.

Como usted es un sujeto previsor y Acopio está lejos, tuvo la precaución de telefonear el día anterior y le dijeron que sí, que la directora estaría disponible. Va con el pesimismo acuestas hacia la parada, pero no, a los cinco minutos pasa un ómnibus articulado, espacioso. Deposita los 20 centavos que cuesta el pasaje, alcanza un asiento cerca de la última puerta y suspira aliviado.

Llega a la empresa. Le informan que sí, que la directora está: sientes un alivio indescriptible, solo tienes que aguardar, domesticar la espera, y está curtido en estos trajines. Medita sobre la frase: Soy un hombre de suerte. Ha venido muchas veces y nada, la señora que tiene que firmar no está o está reunida que es otro modo de no estar. Solo tiene que firmar: el trabajo se hizo de acuerdo con lo verbalmente pactado.

Como la recepcionista está severamente ocupada con alguna aplicación de su teléfono móvil, te levantas del asiento y la mujer recuerda tu presencia. Te dice que no te desesperes: la directora está en el contacto con los cuadros y te atenderá cuando termine, el contacto es breve, y se disculpa por no brindarte café.

Te recomienda ir al lado; en la vida no hay problemas sin soluciones. Hay una casa donde venden buen café. Si llega alguien para ver a la directora, ella te reserva el turno pues eres el primero, afirma, sonríe y vuelve a su teléfono. Asumes la recomendación, vas a la casa cercana. El café está bueno, sabe a café. Evidentemente, te dices, el trabajo por cuenta propia prospera: hay indicios y trabas suficientes.

Te preguntas una vez más ¿de dónde la gente saca las materias primas, no para hacer café  sino `para producir un numeroso alijo de objetos, algunos plenamente inútiles? Sin embargo siempre hay otra gente que los compra sin reparar en su dudosa utilidad, ni interrogarse por su dudosa procedencia. En este negocio casi todo es dudoso, concluyes y regresas a tiempo.

La directora te recibe amable, relee el documento que le extiendes. Se detiene levemente en el precio. Le recuerda que fue previamente acordado y si es alto se debe  al por ciento que hay que pagarle al Fondo y al impuesto que hay que pagarle al fisco. Ahora eres tu quien sonríe.

Toma un bolígrafo y por fin va a firmar. Tu corazón siente  una alegría enorme. Pero no: la directora dice que no hace falta la firma, que pases por economía y entregues la factura, después de todo el trabajo está hecho. Te despide amablemente, el poderoso lenguaje verbal te indica la puerta de salida. Sales y regresas a casa a pie, en la mochila llevas el dichoso contrato sin firmar.

Deja una respuesta