¿Vieja usted?…¡Vieja yo!

Santiago de Cuba, 10 de mar.- Permítame compartirle una historia. Todo comenzó cuando iba yo, con la mayor pereza del mundo, subiendo la loma de La Colonia, (que es como se le llama en Santiago de Cuba a la calle que pasa frente al Hospital Infantil Sur, ubicado en Avenida 24 de Febrero.)

Eran las 8 de la mañana y en esta ciudad hacía un calor que bien podría haber sido las 12:00 meridiano. Poco antes de llegar a la mitad de mi escalada, ya me iba sintiendo con «mal de altura», con la misma fatiga que experimentan los que se enfrentan al Everest…pero, sorpresa!

Por mi lado pasó como bólido una señora de edad que me miró sonriente antes de decirme:

¡Ejercicios contigo mijita!

Asentí con la mayor simpatía de la que fui capaz y seguí andando al estilo que me enseñó Luis Fonsi: Despacito. Mientras ascendía, mi mayor anhelo era llegar al parque que un inteligente concibió casi en el pimpollo de la loma, apuesto que pensando en personas como yo, necesitadas de coger un diez.

Vislumbré por fin el espacio con sus coloridos bancos y… ¿quién estaba ahí? Pues la señora que me había pasado unos minutos antes por el lado haciéndome la sugerencia de que me ejercitara.

¡No cometa el error de pensar que la señora estaba descansando!

La doña, junto a otras amigas, contemporáneas con ella, estaba tumbada sobre su espalda, pies en el aire, haciendo bicicleta…y para mí, que era de carrera la bicicleta, porque daba un pedal…que le provocaría envidia a Lisandra Guerra.

Confieso que me sentí avergonzada al ver que una anciana tenía más energía que yo, pero no pude menos que admirar su entusiasmo y me llegué al parque, me acomodé en un banco y me dispuse a ejercitar…la observación.

Se trata del Círculo de Abuelos Ramón López Peña.

A él asisten cerca de 35 alumnas, que con el objetivo de mejorar su calidad de vida a través del ejercicio físico, se dan cita cada lunes, miércoles y viernes con su entrenador, en ese parque que sirve a la vez, de gimnasio para los valientes que se atreven a mover músculos y de oasis para los cansados.

Me quedé allí sentada por casi media hora. Nunca imaginé que en un círculo de abuelos hubiese tanta algarabía, risas y buen ánimo. Ciertamente no todas tenían la misma eficiencia, pero había que ver a aquellas señoras disfrutando a lo grande mientras intentaban, según las posibilidades individuales, realizar los ejercicios.

Le aseguro que si no hubiese sido porque mis complejos me lo impedían, me habría unido al grupo. Cuando terminaron los ejercicios se sentaron a conversar muy cerquita de mí. Yo fingía estar concentrada en el teléfono mientras las escuchaba decir que debían visitar a Vilma, pues había dejado de asistir a los encuentros tras la muerte de su esposo y era necesario ayudarla a salir del mal momento.

Tin, como llamaron al muchacho que las entrenaba, dijo que mejor planificaban una actividad extraclase para que el retorno de Vilma fuera en un espacio diferente y así lograr reinsertarla.

Acordaron ir al Cine Cuba y con el propósito de amarrar todos los detalles en el próximo encuentro comenzaron a despedirse. Me paré dispuesta a continuar camino y fue en ese instante cuando la atlética señora que inspira esta historia se me acercó y me dijo:

-Perdone joven, ¿me quiere decir algo? Porque la veo aquí mirando desde hace rato. ¿Tiene algún familiar que desee venir al Círculo? ¿Es eso?

– No, no señora. Yo solo estaba descansando y mirándolas a ustedes. Perdone la pregunta pero, ¿Cuántos años tiene? Se ve usted tan ágil – la interrogué un tanto nerviosa-.

– Yo ya estoy vieja mija, tengo 81 años. Mi nombre es Carmen Rosa Leyva. Soy revolucionaria hasta la médula, retirada del Ministerio del Interior, madre de tres hijos y amiga de cualquiera que quiera ser mi amigo. ¿En qué puedo servirte? – me preguntó risueña.

La miré a gusto gracias a que la luz del sol le daba de plano en la cara.

Verdaderamente su destreza no demostraba tantos años pero las arrugas que cruzaban su rostro no dejaban margen a la duda. Tenía la piel curtida, el pelo entrecano, los ojos verdes….y la mirada transparente de la gente honesta.

– ¿En qué puede servirme? ¡Manteniéndose así señora! ¡Fuerte y sana! -fue lo que se me ocurrió responderle mientras me alejaba, no fuera que sucumbiera ante las súbitas ganas que me entraron de abrazarla. Aceleré el paso con un solo pensamiento en la cabeza:

«viejo, es quien quiere serlo».

La alegría, la buena vibra y la energía no son patrimonio exclusivo de la juventud. Durante la media hora que estuve observando a Carmen Rosa y su equipo, pude sentir el ímpetu, el valor y las ganas de vivir de ese grupo de señoras que tres veces por semana salen de sus casas para hacer ejercicios, pero a mí se me antoja creer, que eso, es solo un pretexto, una excusa.

¿Para qué?

La respuesta no la tengo y supongo que cada quién creará su hipótesis…quizás para conversar, para reír, para ayudarse, para recordar aquellos tiempos en que iban a trabajar…no lo sé! Lo que sí sé, es que verlas allí con tantas ganas de hacer, de lograr, de vencer la dificultad que a esa edad puede significar para algunas realizar un ejercicio físico, me transmitió gran impresión, porque la voluntad es una virtud que merece respeto.

No pude evitar entonces recriminarme por mi infinita pereza. No pude evitar pensar en mi viejo que añoso ya continúa pendiente de todos en casa, incluso de mi. No pude evitar convencerme que todo esto se trata, en definitiva, de actitud ante la vida…

Por Laritza Moya Rodríguez.

 

Deja una respuesta